Los Estados Unidos en la lona


James Martín Cypher

Supuestamente, en las doctrinas cristianas, hay siete pecados “mortíferos”: el peor de ellos el pecado de la vanidad.  Nos dicen que la soberbia aparece antes de la caída.  Además, los teólogos declaran que podemos entender el engreimiento, la arrogancia, el  ensoberbecimiento, como indicadores del pecado más mortífero. Siendo así o no, es cosa notable e indiscutible en ambos  que la llamada cultura estadounidense está anclada en la vanidad nacionalista —las vastas innstituciones del aparato militar son las más elevadas en la opinión pública ciudadana.

De hecho, el militarismo, cosa omnipresentemente tangible para definir el ámbito de la política exterior de los EE.UU. está en este mismo momento, ausente —mejor dicho borrado— en la percepción de la nación entre sus súbditos.  Es decir, el propósito de la política exterior de los EE.UU. es “proyectar poder” por medio de su arsenal naval, aéreo y espacial; pero, siendo así, la ciudadanía es convencida de todo lo contrario —la “misión” de las fuerzas armadas es el mantenimiento de la paz y la “defensa” de la nación frente las fuerzas malvadas.  Ser parte del sistema que ostenta tal poder por encima de cualquier enemigo es cosa del gran orgullo que proporciona el Pentágono para los contribuyentes. Ser poblador del país que ostenta su superpotencia unipolar es el métrico común para medir a los otros 180 países de mundo y declarar —sin duda alguna— que los EE.UU. es, por mucho, el mejor país del mundo, siendo así la principal esperanza y la mejor oportunidad para todas las edades. Es decir, el espíritu del triunfalismo inmerecido es, a fin de cuentas, lo que define algo que, comúnmente, es entendido por el concepto del “carácter nacional”.

La vanidad nacionalista está tan enraizada que cualquier hecho que va a indicar lo contrario —es decir, un hecho fácilmente aceptado a lo largo del mundo— no entra en la concepción de la elite de poder y mucho menos entre la población  de los de abajo. Sin parar, los norteamericanos gritan a los cuatro vientos que son habitantes del “país más rico del mundo” mientras que no cuentan para nada los indicadores que niegan su “éxito” material —como la mortalidad de infantes (ocupando el lugar número 55 vs. Corea con el lugar número 11) o como la esperanza de vida (ocupando el lugar número 43 vs. Corea con el lugar número 11). Sin duda alguna, los EE.UU,  es el país número uno al respecto de la tasa de inequidad entre sus pares de la OCDE (Brian Keeley, 2015, Income Inequality, Paris: OECD: 34).  

El  muy extraño concepto del “excepcionalísimo norteamericano” prevalece: es “la única nación indispensable”,  como  reivindicó H. Clinton en un discurso frente a los veteranos de la Legión Americana (con dos millones de miembros) el 31 de agosto de 2016 —eco de las palabras exactas del Presidente Obama  en la Academia de la Fuerza Área (23 de mayo de 2012).  El concepto está tan enraizado en el entorno mental de sus pobladores que todo que indica que los EE.UU. estén en una fase de decadencia creciente no lo pueden aceptar. Esto exhibe el gran calado de la soberbia para cimentar el orden establecido.

¿Ahora un Nocaut?

Ahora mismo el Tío Sam, y no por primera vez,  ha caído sobre la lona. El devastador golpe de la Gran Depresión le dejaba así. Esta vez ha sido aplastado por una herida que se ha infligido él mismo. Ahora quedó postrado por una situación que ni pudiera imaginar ni resolver dadas su autoestima y su autoimagen insuperable autoconstruidas por su ideología de grandeza.

En el curso de unos cuantas semanas ha sido revelado al mundo entero que este esplendor es cosa desvencijada: su supuesto “sistema” de salud no funciona, no está ni cerca del de Corea —país que, apenas, fue uno de los más subdesarrollos. Es decir, a fines de abril de 2020 en Corea del Sur los muertos por causa del coronavirus fueron registrados como  menos que uno por cada 100,000 personas, mientras que —para la única superpotencia— la cifra fue de once. Ahora en los EE.UU. ser el número uno es mostrar más de 55,000 cadáveres y alrededor de 1,000,000 casos de enfermos (datos del 26 de abril de 2020).  A pesar de su torpeza y descuido, en  cuanto al bien público de salud, todavía —en términos relativos— EE.UU. está aún lejos del desastre italiano (con 40 por cada 100,000)  o del español (con 45), para no hablar de Francia (con 30); pero el de  EE.UU. es muy inferior al de Alemania (con 5) o China  (“Coronavirus Map,” New York Times 20 de abril de 2020, https://www.nytimes.com/interactive/2020/world/coronavirus-maps.html.)  Para colmo de males, hay 90 países que tienen menos muertos por cada cien mil personas  que los EEUU  (Joshua Cohen, “How Accurate is Trump’s Claim?”, https:// www.forbes.com, 4 de abril).  

Pero, como nos dicen en el Pentágono: “no contamos a los enemigos caídos” (ni a los civiles eliminados por ser “daños colaterales”).  Ahora bien, no hay prisa para determinar la causa de la muerte de miles y miles de ciudadanos que han  perecido en sus departamentos rancios y/o los que han mordido el polvo en sus casas descompuestas —algunos son incluidos en las cifras arriba, per la mayor parte no se incluyen porque no se hacen pruebas a los muertos.

En este caso nos enfocamos en los que diariamente viven al margen de la sociedad —los millones que permanecen en los ubicuos tráileres descompuestos en las quebradas del campo o en las sórdidas pensiones en los tugurios urbanos. Alrededor de 76 millones de personas no tienen seguro médico o tienen un seguro que no cubre gran cosa; claro, son de la clase trabajadora —una clase que no existe ni conceptualmente en un país oficialmente sin clases. Oficialmente no son, para nada, “enemigos” (por lo menos si no son gente sin papeles desde América Latina). Pero, los hechos hablan.

Los caídos son los que viven en la precariedad creciente —incluyendo los que tienen pensiones miserables gracias al programa de Ingreso Seguro Suplementario (SSI) o los ingresados en  SSDI (programa para los obreros  deshabilitados). Gran número de estos seres son ancianos y/o gente con condiciones médicas “pre-existentes” —totalmente vulnerables al virus. Pero, incluimos en esta categoría los sin techo (unos 568,000 en 2019), los desempleados y los que viven en la economía informal. Otro grupo sumamente vulnerable son los prisioneros: otra vez los EE.UU. lleva el codiciado galardón dado que es el país número uno en presos (con 2.3 millones encarcelados). Todos estos seres son vulnerables y están cayendo —pero no hay cifras confiables para medir el horror

Lo poco que podemos afirmar es que la situación es mucho peor de la que nos indican las cifras difundidas. Al mismo tiempo, la crisis es una oportunidad: en este caso los neoliberales que han luchado por décadas para destruir los sindicados industriales ya están enfocados en los asalariados del Estado —con 33% sindicalizado vs. 6% en el sector privadoA pesar del hecho de que la pandemia ha puesto a la sociedad en un proceso de caída, el Senado se negó a ayudar a los gobiernos estatales y municipales. La esperanza de la mayoría ultraderecha de la Cámara Alta es forzarlos a la quiebra.  En tal caso un solo juez derechista tendría el poder de suspender los contratos colectivos y romper lo poco que queda de la columna vertebral obrera.    

Los efectos económicos 

Es probable que el país bajo la batuta del Tío Sam sea el país número uno, entre sus pares, en la ruina total. En Europa hay muchos programas ya establecidos y unos nuevos para proteger a los desempleados por la pandemia. Pero en los EE.UU., desde hace mucho, el afán de las elites del poder —incluyendo el gobierno neoliberal del Presidente Obama— ha estado enfocada como un láser a las tácticas designadas para destruir a la clase trabajadora organizada. (James Martín Cypher, 2012, “Las burbujas del siglo XXI ¿El fin del sueño americano,” Estados Unidos más allá de la Crisis, México, CLACSO-Siglo XXI: 316-338). Con esto y con el hecho de que las políticas neoliberales en Europa nunca han llegado a las forzadas por la rabia derechista estadunidense, hay que reconocer que en 2020  queda muy poco  del Nuevo Trato del Presidente Roosevelt.  

Todavía, sin embargo, aún existe el programa social más central: Medicare (Seguro Social) cuenta con más de 69 millones de participantes. Hay otros como: (1) el programa limitado y corto para unos desempleados; (2) el programa para mantener al sector de agribusiness, conocido como SNAP, cuyo proposito es facilitar la compra de comestibles para los más pobres; este programa beneficia a 40.6 millones; (3) el programa para familias muy pobres con niños, que se llama TANF, es recibido por alrededor de 1% de la población; y (4) el programa de póliza médica pública, conocido como Medicaid que da apoyo a 70.6 millones.

Entonces, podemos decir —palabras más, palabras menos— que alrededor de una tercera parte de la población estaba recibiendo un apoyo (o más) desde el Estado, siempre a regañadientes, en enero de 2020. A veces, unos receptores de los programas limitados a los más afligidos son empleados de unas de las empresas más grandes del mundo —como Walmart.  Es decir, en ciertas ocasiones los programas de préstamos públicos han sido usados para complementar a los salarios, abultando así la tasa de ganancia,  mientras que las empresas pueden pagar migajas a sus miles y miles de trabajadores. 

Llegando a algunos de los peores días de la pandemia, por forma, se venían gestando nuevos subsidios para los fondos de cobertura, los bancos transnacionales y una gama amplia de agiotistas a lo largo del país. Es decir, una repetición de los programas de rescate que fueron usados por el Presidente Obama en la crisis de 2008-2010, ahora gastando $2.75 billones (a fines de abril 2020) vs. $700 mil millones en inyecciones en la crisis anterior. 

Pero, por encima de los billones tirados a los que menos lo necesitan, se ha registrado un giro sorpresivo: el dedicado neoliberal Presidente Trump con su equipo de fanáticos en el Senado, han emprendido políticas fiscales de ayuda directa para la clase trabajadora —sobre todo, hay un pago de $1,200 a la mayoría de los adultos  y quinientos dólares para los niños (dejando en alto y en seco a los alumnos de las universidades). Es realmente muy poco pero, por el lado de la política, es buena táctica frente a la elección presidencial. Pero no solo eso: por primera vez en condiciones de crisis económica se han extendido las políticas de desempleo —ahora con condiciones flexibles hasta que algunos en la economía informal pudieran recibir un estipendio semanal hasta el 31 de julio de 2020.  Los de la economía formal pueden recibir su póliza de desempleo por 26 semanas más un pago extraordinario de $600 dólares semanales hasta fines de julio, gracias al programa novedoso creado por el gobierno federal.  A veces los obreros afectados (más de 26.5 millones en la calles hasta fines de abril) pueden recibir un apoyo total por encima de su salario normal —cosa inconcebible y odiado entre los senadores derechistas.

Los efectos neoliberales han estado tan presentes que los 50 estados ya no puedan procesar los pedidos inesperados de los que tienen derecho a estos fondos: los responsables para difundir los fondos públicos del desempleo son los Estados. Después de un mes del anuncio del programa “Apoyo Pandémico de Desempleo” en el Estado de Florida, por ejemplo, no han procesado más de 14% de los pedidos de los 850,000 obreros calificados para el programa (P. Mazzei y S. Tavernise, “Where Unemployment is Hard to File” New York Times, April 24, 2020: A10). 

El Presidente Trump, presentándose  cómo un “amigo” de  la clase trabajadora, ha intentado  blindarse con estas políticas baratas de apoyo popular.  Si no fuera poco, aún los afectados pueden renegociar o demorar su renta o hipoteca porque los Republicanos han presionado a los dueños y bancos de aceptar tal trato.

Es un mundo, entonces, en donde todas las cosas parecen estar invertidas. Pero, en el mismo momento, no lo es: de la plata emitida desde Washington en marzo y abril de 2020, parece que casi 80% se destina a los acaudalados. Es decir, de los $2.75 billones en apoyos federales directos solamente $552 mil millones son dirigidos a los obreros: en paralelo, los préstamos del Banco Central son estimados en $2.8 billones (cantidad que puede hincharse fácilmente hasta $4.8 billones).  Debemos recordar que las grandes empresas nacionales —después del crac de 2008 hasta 2020— dedicaron 90% de sus ganancias acumuladas  (en total $7.8 billones) para recompras de acciones y repartos de dividendos  (en vez de invertir en maquinaria y entrenamiento de obreros  y/o en I+D).  Ahora tenderán la mano al Tío Sam. Llegando a 2021, después de la elección, ¿quién va a pagar por los platos rotos?  No se requiere mucha imaginación para contestar.

* Estados Unidos, Profesor Emérito de Economía. Centro de Estudios del Desarrollo, Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), México.

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