La crisis económica global del “Coronavirus y América Latina”

Arturo Guillén

La pandemia del coronavirus se expande por todo el mundo y junto con ella se profundiza la crisis económico-financiera global. La pandemia fue solamente el detonador de la crisis económica, no su causa de fondo. En realidad, el capitalismo arrastra desde hace medio siglo una tendencia al estancamiento, que se profundizó con la gran crisis de 2007-2008. Las políticas monetarias de tasas de interés cero y de programas no convencionales de flexibilización cuantitativa (Qe), salvaron al capitalismo de caer en una depresión, pero no lograron modificar el carácter anémico de la inversión productiva. La Gran Recesión de 2008-2009 cedió su lugar al Gran Estancamiento. Y al mantenerse intacto un régimen de acumulación dominado por las finanzas, se desbordó una especulación irrefrenable en las bolsas de valores y en los mercados financieros. La montaña de capital ficticio acumulada durante los últimos 10 años y financiada en gran medida con deuda, estalló como un globo. La pandemia atrapó al capitalismo con los dedos en la puerta.

La crisis económica se desenvuelve en dos planos: en la esfera financiera y en la esfera productiva. Ambas se retroalimentan. En el plano financiero, la crisis arrancó con el crac bursátil en febrero de este año, el cual hizo perder a las bolsas alrededor de 30% de su valor en unos cuantos días; rápidamente se transformó en una crisis de liquidez que puede empujar a la insolvencia a muchas corporaciones altamente endeudadas y/o muy afectadas por el confinamiento, por el práctico cierre de las fronteras y por el trastocamiento de las cadenas globales de valor (CGV). Particularmente han resultado afectados las líneas aéreas, la industria automotriz y de autopartes, el turismo y los servicios. 

La recesión en las actividades productivas se ha desparramado como la espuma en toda la economía mundial. La recesión es una realidad que se despliega con inusitada rapidez en todos los países desarrollados y pronto envolverá, quizá con más fuerza y durabilidad, a los países subdesarrollados de las periferias. El economista K. Rogoff, quien si bien se identifica con el mainstream, es un estudioso de las crisis económicas, señaló que está recesión será más profunda que la Gran Depresión de los años treinta. El Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Steven Mnuchin, pronosticó que la tasa de desempleo en los EUA llegará al 20%, el doble de la alcanzada en el pico de la Gran Recesión de 2007-2008). Tan sólo en cuatro semanas las solicitudes de seguro de desempleo llegaron a más de 21 millones.

La mayoría de los gobiernos y bancos centrales de los países desarrollados actuaron con rapidez y han implementado programas monetarios de Qe para inyectar liquidez y evitar, de esa forma, la casi inevitable ola de quiebras empresariales. La  Reserva Federal de EUA instrumentó un paquete por 700 mil millones de dólares para la compra de todo tipo de obligaciones. Medidas similares aunque en montos menores, fueron aprobadas por el Banco Central Europeo y el Banco de Japón. Y en forma inusitada –dado que durante las últimas décadas los gobiernos habían sido renuentes a usar la política fiscal como mecanismo contracíclico– el Congreso estadounidense lanzó un plan de estímulos fiscales por 3 billones de dólares, el cual incluye apoyos a corporaciones en problemas y familias, subsidios acrecentados de desempleo y recursos para contener la pandemia.

La crisis pilla a América Latina en una circunstancia en la que varios países de la región ya se encontraban en recesión o en franco proceso de desaceleración económica. Por su condiciones de subdesarrollo, dependencia y extrema desigualdad, las periferias del sistema seguramente resentirán con más fuerza, tanto la propagación de la pandemia como la crisis económico-financiera. A ello, habría que agregar que 30 años de neoliberalismo, con su cauda de privatizaciones y restricción del gasto público, diezmaron sus sistemas de salud y de seguridad social.

Las perspectivas para 2020 anuncian una tragedia. Aunque pronosticar  escenarios en el marco de la incertidumbre radical que vive el mundo, es una tarea difícil y engañosa, lo apuntado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su último informe revela la gravedad de la crisis. Este organismo augura un decrecimiento del PIB mundial de -3% en 2020, 6 puntos porcentuales menos que el registrado en 2019 (2.9%) y 3 puntos por debajo de la caída del PIB registrada durante la Gran Recesión. Para América Latina la situación sería peor, con una tasa negativa de -5.2%.

A los choques de oferta y de demanda causados por las medidas de distanciamiento social, en el caso latinoamericano se agregan el desplome de las exportaciones, tanto primarias como manufactureras; el deterioro de los términos de intercambio; el desplome de las remesas de los trabajadores migrantes; y la salida de capitales tanto de los inversionistas externos como de las élites internas.

Como consecuencia de la recesión y de la ruptura de las CGV, el panorama del comercio exterior es aún más sombrío que el de las economías internas. La Organización Mundial de Comercio estima que el volumen del comercio mundial en 2020 caerá entre el 13 y el 32%, lo que obviamente pone en jaque el modelo primario-exportador y maquilador  adoptado por los países latinoamericanos desde la crisis de la deuda externa. En cuanto a los flujos de capital, la UNCTAD estima que los ingresos por inversión extranjera directa se reducirán entre un 5 y un 15%, mientras que las reinversiones se encogerán como consecuencia de la recesión. Y por lo que respecta a los flujos de cartera a los países emergentes, el Instituto de Finanzas Internacionales registra una disminución de 83 mil MD hasta marzo de este año. A ello hay que agregar la irrefrenable fuga de capitales de las élites latinoamericanas hacia bancos extranjeros y paraísos fiscales.

Frente a este panorama la pregunta obligada es qué pueden hacer los gobiernos latinoamericanos para financiar la lucha contra la  pandemia en medio de sistemas de salud deteriorados y desarticulados, así como para aplicar programas de recuperación económica exitosos. Desde los organismos multilaterales (FMI, Banco Mundial), la respuesta es la tradicional del recetario neoliberal: utilizar las líneas de financiamiento del FMI e iniciar un nuevo ciclo de endeudamiento externo, aprovechando se dice, el bajo nivel de la tasa de interés. Este camino mil veces recorrido y fracasado, en mi opinión, debería ser evitado, salvo que los recursos externos fueran otorgados bajo esquemas de auténtica cooperación para el desarrollo sin condicionalidad ninguna. Tampoco convendría utilizar las reservas internacionales para proteger los tipos de cambio en un entorno de incertidumbre radical. Los llamados a levantar, desde los países de las periferia una moratoria de la deuda externa, no deberían ser desestimados.

Por supuesto que la superación de la epidemia y el retomar el camino de un desarrollo inclusivo, exigirá mayores recursos y una mayor participación del Estado. Ello generará irreductiblemente déficit presupuestales. Por lo mismo, debería abandonarse, al menos mientras dure la emergencia, la práctica de construir superávit primarios para pagar el servicio de la deuda. Deberían implementarse, asimismo, mecanismos novedosos de endeudamiento interno, como la propuesta (ver Bresser Pereira, https://www.facebook.compereira) de que los gobiernos emitan “coronabonos”, los cuales serían comprados por el banco central, en una suerte de flexibilización cuantitativa. Los peligros inflacionarios serían irrelevantes en el contexto depresivo en que nos encontramos. Los retos actuales exigen de América Latina gobiernos más activos e imaginativos que abandonen la rutina de las recetas ortodoxas convencionales, las cuales nos empujarían a una nueva “década perdida”.

Arturo Guillén. México, GT Crisis y Economía Mundial, Profesor-investigador de la UAM-I.

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