Crisis capitalista y pandemia: Algunas notas sobre Chile

Paula Vidal Molina

Al momento de escribir estas líneas, finales de mayo, las muertes asociadas al Covid-19 en Chile alcanzaban más de 760 personas de un total de casi 74.000 contagiados y seguramente, cuando el lector esté leyendo este comentario, habrán subido significativamente estas cifras, tanto en Chile como en otros países, con casos dramáticos en países como Brasil, EE.UU. y otros de Latinoamérica. En este contexto, el 18 de mayo (exactamente 7 meses después del estallido social) surgieron protestas en comunas populares en Santiago, que mostraban las contradicciones profundas que cruzan nuestra sociedad, y que no se resolverán con canastas de alimentos, más médicos, bonos ni endeudamiento.
¿Qué está detrás de estas muertes y las protestas en el Chile del siglo XXI? La idea que me interesa plantear aquí es que estamos inmersos en la crisis estructural del capital o lo que otros han llamado una crisis civilizatoria; y que en el caso Chileno, confluyen también la crisis sanitaria, la económico-social y la político-institucional. Pero ¿Cómo entender las crisis?.
Enrique Dussel habla de la crisis del proyecto de la Modernidad, como fundamento de la crisis mundial de hoy, porque la racionalidad moderna se apoya no solo en la idea de la «centralidad» europea, esto es económica, social y cultural, sino también en su racionalidad o irracionalidad, violencia y dominación en su relación con el mundo colonial y la naturaleza, ambas serían características fundamentales de la modernidad concebida desde una perspectiva no eurocéntrica.

la crisis estructural del sistema capitalista posee como contradicción básica el que no puede separar el Avance de la Destrucción, el progreso del Desperdicio, la muerte por sobre la Vida, la destrucción por sobre la creación, como tendencia del sistema de metabolismo del Capital


István Mészáros, dirá que a diferencia de la crisis coyuntural del sistema capitalista (que se desenvuelve y soluciona relativamente con éxito dentro de la estructura establecida, incluso siendo de una severidad importante como la crisis del 29), la crisis estructural, que estalló desde los años 70 después de la expansión en la postguerra, se define por afectar la propia estructura en su totalidad.
Esto significa poner atención en la crisis del sistema del capital en su integralidad y sus rasgos son: 1.- posee un carácter universal en vez de restringirse a una esfera particular (como por ejemplo financiera o comercial, o un rubro particular de la producción), 2.- alcanza un objetivo global, en vez de orientarse en uno o algunos países, 3.- su escala de tiempo es continua y el modo de desenvolvimiento es reptante, en contraste con las erupciones y colapsos espectaculares y dramáticos del pasado como la crisis del 29. Nos dirá Mészáros, que la crisis estructural afecta a la totalidad del complejo social y en las relaciones entre sus partes constituyentes. Al estar todo el sistema en juego, aun bajo una aparente normalidad, sin embargo, es capaz de sustentarse solo de un modo destructivo o autodestructivo. Por ello, la crisis estructural del sistema capitalista posee como contradicción básica el que no puede separar el Avance de la Destrucción, el progreso del Desperdicio, la muerte por sobre la Vida, la destrucción por sobre la creación, como tendencia del sistema de metabolismo del Capital, que en ningún caso es emancipatorio.

En el caso chileno, la crisis sanitaria confluye también con una crisis económico-social y político institucional


Esto se expresa -por ejemplo- en las políticas militares y represivas, de austeridad y de pobreza, también en las políticas que promueven la devastación ecológica donde la gravedad del cambio climático, la extinción de especies, la deforestación, la destrucción de la capa de ozono, o la contaminación socio ambiental a escala planetaria, solo se comprende por la economía capitalista que está detrás de ella. Otro ámbito en que se expresa es en el desempleo estructural.
Este y otros aspectos de la crisis estructural están vigentes debido a que -hasta antes de Enero del 2020- algunos indicadores a nivel global, daban cuenta de que la tendencia de la concentración de la riqueza se mantenía pues, según OXFAM, el 82% de la riqueza mundial generada el 2017 fue a parar a manos del 1% más rico de la población mundial. La OIT planteaba que la tasa de desempleo casi no descendió entre el 2017 y 2018, ubicándose en un 5,5, estando más de 192 millones de personas en esta situación, y de aquellos que poseían trabajo, 1.400 millones, es decir un 42%, se encontraba en un empleo vulnerable y precariedad. La pobreza laboral también es generalizada, lo que implica que el consumo per cápita de los hogares de más de 300 millones de trabajadores de países emergentes y en desarrollo es inferior a 1,9 dólares al día. En todo caso, el fenómeno empeora cuando se analiza el impacto en el grupo de mujeres, jóvenes y adultos mayores.
Las consecuencias de la crisis de la pandemia están estrechamente relacionadas con las relaciones sociales capitalistas y la implantación de las políticas neoliberales. En ese sentido, la pandemia, en particular, pone de relieve las desigualdades, opresiones, explotaciones, marginaciones de cada sociedad, pero sobretodo, el fracaso del neoliberalismo porque la agudización y prolongación de la emergencia sanitaria está relacionada con las políticas de austeridad neoliberal que han destruido los sistemas públicos de salud que se derivan del desmantelamiento del Estado respecto a garantizar condiciones de vida para toda la población, pero sí un Estado robusto para traspasar sumas enormes a la elite empresarial para evitar la parálisis en los circuitos económicos.
En el caso chileno, la crisis sanitaria confluye también con una crisis económico-social y político institucional, esta última se pone al descubierto a partir del estallido social del 18 de octubre del 2019 que toma rasgos de una rebelión popular producto del malestar de la población acumulado durante décadas. La incapacidad del sistema político para procesar y conducir el descontento a través de la institucionalidad, tuvo como consecuencias la violación de los derechos humanos, por parte del Estado, que dejó a miles de heridos, decenas de muertos, mutilados y presos políticos, al recurrir a la estrategia de la guerra interna y la criminalización de la protesta social.
En un intento desesperado por darle salida institucional a la crisis, la clase política, no solo creó una agenda social, sino que llamó a un acuerdo por la paz y la nueva Constitución del que ya sabemos su deriva al día de hoy. La crisis político institucional se conjugó con la crisis económico social, que ya mostraba signos claros de desaceleración desde el 2013 en adelante no volviendo a alcanzar niveles de crecimiento del 5% anterior, y que desde la rebelión de octubre empeoró mostrando un escaso crecimiento del 1,2%, también mayor inflación, aumento del desempleo y empleo informal, del endeudamiento de las familias populares y aumento de la pobreza, gestándose un panorama económico social sumamente complejo.
Se mantuvo el descontento popular, la organización popular y la presión diaria en la calle desde octubre pasado hasta la llegada de la crisis sanitaria derivada del Covid-19, la cual dio una oportunidad única para que el gobierno rápidamente aplicara medidas de shock, con las fuerzas armadas, a través del miedo, la represión en las calles y confinamiento de la población, lo que permitió desmovilizar la presión social del 18 octubre y también aprobar decretos y medidas para enfrentar la crisis económica, con acciones que favorecen los intereses del capital y las empresas, en vez de a la clase trabajadora.
Ejemplo son las políticas con un enfoque individual, focalizado, de mínimo vital y que transmite el costo a las y los trabajadores, como es el Bono Covid (destinado al 60% de la población más pobre) de 70 dólares aproximadamente; la ley de protección del empleo que permite a las empresas suspender las relaciones laborales sin haber despidos de los trabajadores con contrato, mientras continúan pagando una parte de las imposiciones y los trabajadores acceden al fondo de cesantía, por lo tanto, las empresas externalizan el costo de la crisis hacia los trabajadores y el ahorro que estos tienen para tiempos de cesantía.
Asimismo, las medidas orientadas a nivel de las empresas, también van en desmedro de los y las trabajadores y un ejemplo de ello es la ley de teletrabajo que puede intensificar el trabajo, pues se ha demostrado que se suele extender las horas totales y en el caso chileno, se puede ampliar tácitamente la jornada legal, sin reconocer las horas extraordinarias. Con todo, las consecuencias que se derivan de esta crisis es que se instalan las tendencias que ya estaban en curso como son el aumento del desempleo, del empleo informal y de las formas de trabajo remoto y plataformización del trabajo, con un reforzamiento de las modalidades de explotación del trabajo precario en los sectores profesionales y no profesionales –como son los trabajadores delivery– y que impactará en el aumento de trabajadores precarizados y la desigualdad.
En este escenario de crisis económica, sanitaria y político institucional vemos el fracaso del neoliberalismo y la crisis estructural del capital. Por ello, Chile se enfrenta a una coyuntura histórica que desde el 18 de octubre de 2019 permitió abrir un camino que lleve hacia otro proyecto societario, en el sentido que siente las bases y afirme la Vida por sobre el capital, el colonialismo y el patriarcado, es decir, con un sentido postneoliberal y postcapitalista. Creo que este fue el sueño –hace 50 años– de Salvador Allende cuando llegó al gobierno en 1970 de la mano del pueblo y un Programa de justicia e igualdad social.

Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.

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