Tío Sam sigue contra las cuerdas

James Cypher

Imagen: https://deconstriur.wordpress.com/

Introducción

Presentamos la primera parte de un análisis sobre la crisis estructural de los EE.UU. Planteamos que hay cuatro pandemias. Discutimos ahora el brote de infecciones a partir de febrero de 2020 y lo que está detrás de la crisis del colapsó médico y la pandemia detrás de está pandemia que es la hegemonía del neoliberalismo. En la segunda expondremos, en otro número de este boletín, la pandemia del racismo sistémico y la pandemia madre que es el militarismo norteamericano. No se puede entender la implosión en el “sistema” de salud sin fijarse en las causas estructurales que han dado lugar a la dispareja calamidad actual.

Cinco meses de caída libre

En junio de 2020, EE.UU. lejos de ser un país gozando de su posición como la ´superpotencia única del mundo´, estaba prácticamente hecho trizas: la mañana del 27 los estadounidenses despertaron con la noticia de que todo lo que ha intentado esté país para combatir la gran infección fue en vano, registró el máximo de casos nuevos del Covid en un solo día, 45,498 — 24% más que el máximo anterior, en abril.

No se puede entender la implosión en el “sistema” de salud sin fijarse en las causas estructurales que han dado lugar a la dispareja calamidad actual.


Apenas cinco meses antes, en febrero de 2020, este país estaba enorgulleciéndose por la expansión económica más prolongada en su historia, con la cifra de desempleo más bajo en setenta años. No se mencionaba que era una situación en donde el ritmo de crecimiento de la economía fue anímico —el PIB por persona, a precios constantes, creció en promedio solamente 1.5 % por año entre 2010 y 2019. Aunque, en promedio las cifras son pésimas, el hecho de que dos tercios del crecimiento del PIB real entre 1984 y 2018 fue recibido por los sectores de alto ingreso es más sobresaliente.
En estos 34 años, el ingreso medio real de las familias creció 22 % mientras que el PIB real aumentó 63% (Federal Reserve Bank of St. Louis, “The puzzle of real median household income”, https://fredblog.stlouisfed). Entre 1975 y 2000, las horas trabajadas por familia aumentaron 15%, lo que explica gran parte del aumento (Jared Bernstein, 2004 “The rise in family work hours”, https://www.epi.org/ ). Entre 2000 y 2019, el obrero promedio recibió solamente un aumento real por hora de 8%, mientras que el PIB creció en términos reales 49% (EPI, “State of Working America, Wages” https://www.epi.org/; Federal Reserve Bank of St. Louis “Real GDP” https://fred.stlouisfed.org/series/GDPC1).
En sus últimos respiros, a partir de 2017, el PIB fue hinchado por políticas fiscales engañosas designadas para bajar los impuestos de las grandes corporaciones. Estas, con ingresos extraordinarios, apostaron por la especulación financiera apalancada. De esta forma fueron creándose alucinaciones de una economía avanzada. Las consecuencias nefastas de tales políticas fiscales —facilitando una concentración de la riqueza sin paralelo en la historia humana— pasaron desapercibidas. Igualmente, el aumento de la población en las cárceles, de la población sin techo, en las calles, y de los jóvenes, ahora trabajando arduamente con plazas de tiempo parcial sin posibilidades de mejoramiento, no merecieron la menor atención. De hecho, millones de familias, aunque han conseguido un empleo raquítico, no han salido del agujero adonde fueron tirados por los efectos de la caída extrema de la economía nacional entre 2008-2010 —el bache más profundo del periodo de posguerra hasta la caída estrepitosa de 2020. Mientras tanto, la bolsa llegó a su máximo histórico el 12 de febrero de este año.


El fracasado mercado privado de salud

Entre enero y febrero, los norteamericanos no hacen caso de un brote de infecciones poco usuales en China. Los ideólogos del régimen presidencial y sus aliados mediáticos, cuándo por fin tomaron nota de la situación, a principios de marzo, empezaron a insistir que el riesgo para los EE.UU. podría ser menor, dado que los acontecimientos en Europa registraban señales de una gripa transitoria. El eco de esta línea absurda entre la gente común fue cosa notable. No cabe duda que una parte importante de la población está fácilmente manipulada por unos pocos voceros, mayormente de la ultra-derecha, porque ya casi no leen. En 1984, 63.3 millones de domicilios recibieron un periódico cada día; en 2018 la circulación de estos ha caído a 28.6 millones de hogares.

No existió más que una suma de clínicas médicas y centros de salud, ahora mayoritariamente bajo el control de los fondos financieros de cobertura y las empresas de capital de inversión. Entre estas entidades no había ningún mecanismo de coordinación sino una ´falla del mercado´


Durante marzo, con la infección en plena fase de expansión, las autoridades asignadas para enfrentar las epidemias quedaron casi paralizadas. No existieron instituciones para coordinar las acciones entre los 50 estados, los departamentos de salud pública de más de tres mil condados y las agencias múltiples del gobierno federal dedicadas a la salud. Por lo menos, en cuanto a las capacidades del Estado en el renglón de salud, era un caso trascendental de un estado fallido.
La única forma de controlar los efectos de la pandemia era adoptar las medidas tomadas en Asia para aislar a las víctimas, usando un ejército de trazadores y proveer al sistema médico con las herramientas necesarias (como las pruebas masivas gratis y mandatarios). Pero, al ir más allá de las agencias del sector público para ver las del sector privado que tenían en sus manos las instituciones de la salud (como los hospitales) fue obvio que no existía ningún ´sistema médico´ sino una jungla.
No existió más que una suma de clínicas médicas y centros de salud, ahora mayoritariamente bajo el control de los fondos financieros de cobertura y las empresas de capital de inversión. Entre estas entidades no había ningún mecanismo de coordinación sino una ´falla del mercado´ por completo, dado que cada una de estas cadenas de hospitales y agrupaciones de clínicas funcionaron como islas de autonomía y poder: por un lado, ellos estaban robando a los ciudadanos vía sus seguros médicos usando todo tipo de fraude, así tomaban ventaja de un mercado de 1.2 billones de dólares en 2017; por el otro lado, podían robar al Estado con manipulaciones de facturas y precios absurdos, extrayendo beneficios extraordinarios desde los gigantescos programas de Medicare (con erogaciones de 706 mil millones de dólares en 2017), y Medicaid (con gastos de 582 mil millones de dólares en 2017).
Las compañías se adhieren a la idea neoliberal de que tienen derecho a cobrar cualquier precio que el mercado ofrezca. Por ejemplo, entre las clínicas privadas en Texas se recaudaron desde 27 a 2.315 dólares por la misma prueba de Covid (Sarah Kliff, 17 de junio de 2020, “How the Charges for a Virus Test Sotred to 2,315”, New York Times, p.A1).
Para rematar el asunto, entre febrero y junio resultó que los proveedores del equipamiento médico no pudieron manejar un incremento repentino de la demanda o, en la mayoría de los casos (ya siendo nada más intermediarios con las plantas de producción ahora ubicadas en el Sur global para aprovechar el arbitraje laboral), no pudieron conseguir los materiales necesarios. Entonces, fue una falla en las cadenas de abasto globales —una ´globalización fallida´.

La economía de oferta otra vez

Llegando a fines de junio, este país ha atravesado casi cuatro semanas de “apertura”—permitiendo el reinicio de los negocios y las fábricas, frecuentemente sin orientación normativa en cuanto al uso de mascaras y/o distanciamiento—. Fue cosa decidida por los políticos de los estados y/o de los condados sin ninguna concertación.
Meses antes, del lado del gran capital, las señales de la caída en la tasa de ganancia dominaron. Sin rumbo, el Presidente decidió consultar al despreciable Arthur Laffer (Jonathan Chait, 25 de abril de 2020 “The Fatal Calculations of the Economists Steering Our Public Health” Intlligencer https://nymag.com/intelligencer ). Poco después el Presidente adoptó una línea dura que ha seguido siendo su idea preferida: “No podemos permitir que el remedio sea peor que la enfermedad”. Un acólito de Laffer, Stephen Moore —aunque con dudosas credenciales para ser etiquetado como “economista”— ha llegado a ser un asesor informal clave del régimen en Washington. Declaró, a principios del mayo, que los impactos macroeconómicos desatados por los gigantes programas de estabilización implementados por el banco central y el gobierno federal “no dieron resultado” y que habría que hacer más recortes en los impuestos para las empresas grandes, como ha abogado Laffer desde los ochentas, bajo la charlatana teoría de la oferta (Jim Tankersley, 6 de mayo de 2020 “Trump is Eying more Tax Breaks” New York Times p. B3).
Es decir, que aquí podemos ver que la pandemia detrás de la pandemia es, otra vez, el neoliberalismo (el gato de siete vidas). Entonces, por consenso entre pocos empresarios como los hermanos multimillonarios Koch y Robert Mercer (creador del fondo de cobertura gigante Renaissance) y liderada por los ideólogos claves como Laffer, Moore y Larry Kudlow (director del Consejo Nacional de Economía) la política federal para enfrentar la pandemia a partir de abril ha sido la de ignorar totalmente los efectos de la enfermedad y forzar a los empleados a reanudar sus labores, contra viento y marea. Han intentado “normalizar” la pandemia, con cierto éxito.


Sálvese quien pueda

Pero, llegando al 26 de junio, la moneda está en el aire porque ya hay 29 estados (unos gigantes como California y Texas) en donde los casos están aumentando fuertemente. Los muertos ya alcanzaron 125,344 —fácilmente este número, el más alto del mundo, pudiera doblarse para agosto-septiembre dado el ritmo actual. Lo peor está aún por venir, según los médicos. En estas condiciones ¿sería posible priorizar los negocios y hacer como si no hubiera pasado nada?
Puede ser, porque los ciudadanos han sido condicionados a no tomar nota de los civiles caídos en las guerras interminables. Los estadounidenses han matados miles de inocentes en el globo sur (incluyendo un gran parte de los 2 millones de civiles caídos en la guerra de Vietnam) y muy pocos norteamericanos se sienten afectados. Creen que estos caídos son “muertes colaterales” —no hay otra manera de vencer —. Siempre la política norteamericana ha sido la de esconder los números reales.
Entonces, en este momento el lema es “el espectáculo debe continuar”. Entretanto, las víctimas de la pandemia han sido despersonalizadas —supuestamente son prisioneros, son ancianos pobres, son latinoamericanos o son negros —. Son, en breve, los que no “merecen” la simpatía de los grupos dominantes en el Senado y en la Cámara de Diputados ni de muchos de los gobernadores de los estados, ni la atención de los arrogantes empresarios que apenas han recibido unos billones de dólares desde el erario. Estos “marginados” despreciados son, desde hace mucho tiempo, los enemigos de la sociedad porque no quieren (según la mitología frecuentemente hegemónica difundida por la ultra-derecha) aprovechar las oportunidades que se ofertan en el “país más libre del mundo”. Desde que fue agarrado por el presidente Reagan el argumento de que los pobres no merecen ayuda sino “oportunidad”, éste ha sido una ancla de la doctrina de austeridad del neoliberalismo.
Ahora, tan “cansado” por los gastos públicos de rescate sin precedente durante la primavera —parcialmente dirigidos a la clase trabajadora— el Estado norteamericano, en todos sus niveles, está apostando por una política de hundirse o nadar. Pero ya con una sociedad hundida, una economía con fallas de encendido y una resistencia progresista en aumento (con disturbios y manifestaciones que todavía han continuado desde el 31 de mayo) las tensiones sociales no pueden ser ignoradas o mitigadas con tibias maniobras.

James Cypher, Estados Unidos, Profesor Emérito de Economía. Unidad Académica de Estudios del Desarrollo, Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), México.