En Medio De La Crisis Y La Pandemia Medio Siglo Del Sistema Monetario Vigente

La peligrosa hegemonía del dólar: cualquier movimiento será doloroso para  el mundo - elEconomista.es
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Alhelí González-Cáceres*

La arquitectura financiera internacional surgida de la segunda posguerra marcó el inicio de un nuevo ciclo de expansión, expresando de ese modo el nuevo patrón de reproducción del capital, consolidando el rol de los Estados Unidos como regente del capitalismo global y, del dólar, como moneda mundial.
Los acuerdos de Bretton Woods establecieron el patrón oro-dólar como pilar del sistema monetario internacional que estuvo vigente hasta 1971, en donde los límites del modelo keynesiano, resultado de la dinámica inherente al desarrollo capitalista, conducirían nuevamente a la economía estadounidense a una crisis, en la que por primera vez se conjugarían estancamiento económico, desempleo e inflación.
La guerra de Vietnam en 1970 se perfilaba como la tradicional salida a la crisis del capital, sin embargo, pronto se encontró en un callejón sin salida, que significó la primera derrota del imperialismo estadounidense. Esta derrota se reflejó rápidamente en la economía, pues la Reserva Federal había emitido una gran cantidad de dinero para financiar la guerra, sin embargo, esta emisión no tenía como contrapartida el respaldo en oro, conduciendo a la devaluación del dólar.
En efecto dominó Francia y Gran Bretaña exigieron la conversión de sus reservas de dólares en oro, lo que condujo a la disminución de las reservas estadounidense que, conjugada con el exceso de emisión monetaria, llevarían al gendarme del norte a abandonar el patrón oro-dólar, anclando su moneda en la confianza de los inversores en la productividad de la economía, dinámica que se mantiene vigente hasta la actualidad no sin críticas y, sobre todo, con varios intentos de desplazar al dólar como moneda mundial, pero, cabe preguntarnos si existen alternativas reales a la hegemonía del dólar y, sobre todo, si estamos en presencia de un nuevo patrón de reproducción del capital global que derive necesariamente en la construcción de una nueva arquitectura financiera internacional.

La hegemonía del dólar en el sistema monetario internacional

El desarrollo del capitalismo ha sido históricamente irregular, es decir, la crisis forma parte orgánica del capital y no puede sino existir mediante ella. Esto implica, al mismo tiempo que, de cada crisis capitalista, surjan nuevos patrones que rigen la reproducción ampliada del capital y esto se refleja en la arquitectura financiera internacional.
Anterior a la consolidación de los Estados Unidos como país regente del capitalismo mundial y, por tanto, de su moneda como moneda mundial, era el patrón oro el que expresaba las condiciones normales de reproducción del capitalismo en su conjunto.

cabe preguntarnos si existen alternativas reales a la hegemonía del dólar y, sobre todo, si estamos en presencia de un nuevo patrón de reproducción del capital global


El clásico patrón oro contenía como principio el bullionismo que consistía en que la colocación en circulación del dinero-papel debía encontrarse en proporción directa a las reservas en metales preciosos que poseían los Estados y sus respectivas bancas centrales, es decir, ningún Estado podía emitir una cantidad de dinero-papel superior a aquella efectivamente respaldada. El anclaje al oro permitió mayor predictibilidad en el comportamiento de los precios en el mercado internacional, del mismo modo en el que posibilitó cierto “ordenamiento” de la economía. El patrón de convertibilidad se constituiría en el segundo pilar del sistema clásico, en el que si el valor de la moneda se encontraba anclado en el oro, un desequilibrio exterior necesariamente provocaría movimientos en la cantidad de oro y, por tanto, cualquier déficit significaría una disminución en la cantidad de las reservas.
De este modo, la instauración del patrón oro clásico y su expansión por el resto del mundo, pese a las críticas a sus fundamentos teóricos, expresaba las condiciones normales de reproducción del capital, con su regente temporal, el imperio inglés y en donde la implementación de medidas proteccionistas coincidió con la expansión del patrón. Este sería abandonado en la primera posguerra, resultado del impacto económico del conflicto bélico y las nuevas reconfiguraciones en el patrón de acumulación.
Posterior a la segunda postguerra, la elevada productividad de la economía estadounidense, así como las condiciones materiales en las que se encontró el país luego de acabar la guerra sin haber experimentado caos en su territorio a diferencia de las potencias europeas cuyas economías quedaron devastadas, Estados Unidos no sólo logra constituirse en el principal exportador de mercancías, sino que además, impone en Bretton Woods una nueva arquitectura financiera internacional y junto con ella, al dólar como moneda mundial.
La consolidación de los Estados Unidos como principal exportador de mercancías junto con la convertibilidad oro-dólar le habían permitido acumular grandes cantidades de oro, lo que llevaría a que en la actualidad, Estados Unidos sea el país con mayores reservas de este metal a nivel mundial, con 8.133 toneladas en el año 2019, según el ranking The Spectator Index.
La hegemonía del dólar puede entenderse teniendo como base la propia productividad de la economía estadounidense, por una parte, y por la otra, la demanda global de dólares. Los capitales extranjeros encuentran en la economía estadounidense la seguridad para sus inversiones, este flujo de capitales genera por una parte, un déficit en la cuenta corriente que en el año 2018 se ubicaría en el punto más alto en una década, alcanzando el 6,1%, lo que representa el 2,6% del PIB, unos 134.400 millones de dólares, mucho mayor al registrado en el mismo período en el año 2008 según se puede observar en el portal http://www.datosmacro.com.
Este déficit es resultado de la caída en las exportaciones, pues la apreciación del dólar con respecto a las demás monedas del mundo resta competitividad a sus mercancías.

Estamos en presencia, por primera vez, de una crisis en la que se conjugan aspectos económicos, financieros, ecológicos, alimentarios, sociales, en suma, una crisis de la civilización burguesa


La hegemonía del dólar en el sistema mundial si bien funge como mecanismo de dominación y desestabilización, también implica elevados costos para la economía estadounidense en general, y sobre todo, para la clase trabajadora en particular. Esta hegemonía también crea ganadores y perdedores no sólo en el ámbito internacional, sino que también los recrea en el ámbito interno, en donde los principales ganadores son las corporaciones financieras y los bancos que ejercen el papel de intermediarios y receptores para la entrada de capitales, generando por tanto mecanismos de influencia de la vida política de los Estados, incluido Estados Unidos; mientras que los perdedores son los trabajadores, debido a que la demanda mundial de dólares hace que este se aprecie, incrementando los costos de producción dentro de las fronteras nacionales, haciendo que las exportaciones estadounidenses sean más costosas, lo que conduce a una disminución en las exportaciones y, en contrapartida, un déficit de cuenta corriente, como lo hemos mencionado.
La dinámica de acumulación conjugada con la hegemonía en el sistema monetario genera importantes presiones tanto económicas como políticas en el interior del país, estableciendo dificultades cada vez mayores para “equilibrar” una economía cuya moneda se encuentra cada vez más sobrevaluada y la consecuente desindustrialización que esta dinámica trae consigo. Proceso que, al mismo tiempo, se presenta como la dificultad para mantener la hegemonía en el sistema mundial, lo que se evidencia en las múltiples dificultades que presenta Estados Unidos para mantener su poder, el cual ve disminuir frente al ascenso de China como actor relevante en la economía mundial.
Sin embargo, con lo que no cuenta Trump es que las posibilidades de retornar las políticas proteccionistas son no sólo anacrónicas, atendiendo los elevados niveles de encadenamiento productivo logrado con la transnacionalización del capital junto con la interdependencia del sistema crediticio a nivel global, sino y por sobre todo, que el otrora símbolo de la grandeza imperial se constituye hoy en la principal debilidad de un gigante con pies de barro que se debate entre mantener al dólar como moneda mundial al costo que sea o a declinar en su hegemonía monetaria, tal como lo hiciera el imperio británico varias décadas atrás.
En la actualidad, el dominio del dólar en la actividad mundial es casi indiscutible, a pesar de la recesión económica que afecta a los Estados Unidos y a la pésima gestión del gobierno de Trump ante la crisis sanitaria derivada de la pandemia, con innumerables víctimas, entre ellas los damnificados económicos quienes vieron desaparecer millones de empleos; aun en este contexto, la apreciación del dólar es un hecho, producto del incremento en la demanda mundial de dólares que llevó a que la Reserva Federal inyectara en marzo del 2020 unos 37.000 millones de dólares al mercado mundial para evitar el colapso en el sistema de créditos y que la ausencia de liquidez relacionada a la estrepitosa caída en las bolsas de valores colapsara el mercado de la deuda a corto plazo, vital para los bancos y empresas.
De este modo inicia un periodo de volatilidad en los precios internacionales, especulación e inestabilidad financiera, cuya mayor expresión fue el estallido de la burbuja en el sector inmobiliario de los Estados Unidos en el año 2008, haciendo que las crisis sean cada vez más recurrentes, pues no se avizoran salidas y mucho menos mecanismos que permitan a Estados Unidos fortalecer su debilitada hegemonía.
En suma, el sistema monetario-financiero nacido de los acuerdos de Bretton Woods expresó en un momento histórico-concreto el nuevo patrón de reproducción capitalista de la segunda postguerra, en el que el eje de acumulación se articuló fundamentalmente en función del complejo militar-industrial. La capacidad productiva así como la preponderancia del sector real de la economía en la acumulación, posibilitó la consolidación de los Estados Unidos como país regente de la economía mundial, inaugurando un ciclo expansivo que pronto se encontraría con los límites que impone la propia dinámica que rige al sistema, expresándose en una nueva crisis, inaugurando un nuevo patrón de acumulación basado en la preponderancia del capital ficticio y la cada vez menor relevancia del sector productivo como resultado de la baja rentabilidad del capital en el país que rige los patrones mundiales de acumulación junto con las dificultades para su valorización.
La crisis no conduce al derrumbe del sistema, pero sí implica continuas reformulaciones en los patrones de acumulación y en la antagónica relación entre el capital y el trabajo. Elementos que hoy se hacen cada vez más visibles a raíz de la pandemia que ha venido a acelerar y profundizar la crisis y junto con ella, las nuevas reconfiguraciones en el patrón de reproducción del capital como unidad mundial. De este modo, se inaugura un nuevo período de incertidumbres en torno a las posibilidades de un futuro distópico como consecuencia de una crisis de carácter estructural cuyos impactos son difíciles de predecir y ante la que los “Think Tanks” del establishment no tienen nada nuevo que aportar.


La convergencia de múltiples crisis

Las crisis no se manifiestan siempre de la misma forma ni en la misma magnitud, y el sistema no sale ileso de ellas, sino cada vez más golpeado, más deteriorado, haciendo mucho más largos los períodos de recuperación y, en contrapartida, más cortos los períodos que median entre un nuevo estallido, sin embargo, cabe preguntarnos si antes de declararse la emergencia sanitaria a nivel mundial por la pandemia de Covid-19 ya no estábamos en crisis y, la relevancia de esta pregunta radica en la necesidad de superar las barreras analíticas que impone el pensamiento económico convencional, anclado a las clásicas variables macroeconómicas que muy poco tienen que decir con relación al contenido de la crisis capitalista.
Anterior a la declaratoria de emergencia sanitaria, ya la sociedad global cargaba sobre sus hombros con la muerte de más de 820 millones de personas a consecuencia del hambre a mediados del año 2019 según lo reportaba la ONU; asimismo, la pobreza analizada desde una perspectiva multidimensional con indicadores relacionados con la salud, educación y calidad de vida, entre otros, afectaba a 1.300 millones de personas según el mismo informe. Por otra parte, la debacle ambiental amenaza con el desplazamiento de al menos 143 millones de personas a nivel mundial hasta el año 2050 si es que no se toman medidas para detener el deterioro provocado en la naturaleza y los impactos del cambio climático y, no es menos importante señalar que en términos laborales, ya en el año 2018 el desempleo a nivel global alcanzaba a 172 millones de personas, según la OIT.
Sin embargo, las alarmas que anuncian la llegada de una “crisis” no suenan sino hasta que se registren estragos en el comercio mundial o en las principales bolsas de los países hegemónicos, o mientras que no surja alguna amenaza que logre paralizar la producción global, como ocurrió con la pandemia del Covid-19.
El capitalismo, como resultado de la racionalidad de su propia irracionalidad, empuja a la humanidad hacia el abismo, pues, como bien lo señala Marx, la valorización se constituye en el punto de partida y en la meta de la producción y en donde el mundo entero, en su expresión de mercado mundial, se presenta cada vez más pequeño para las necesidades de acumulación del capital.

Ante esto, los Think Tanks del establishment han planteado tres posibles escenarios denominados V, W y U, en donde V sería el escenario “ideal”, el peor escenario y U el más probable


La complejidad de una crisis de larga data se encuentra en correspondencia con los niveles cada vez mayores de transnacionalización alcanzados por el capital y al encadenamiento de la producción global, es decir, nunca antes el capital como relación social, había logrado que su ciclo de valorización asuma un carácter verdaderamente mundial, con las derivaciones que esto implica para el conjunto de la sociedad y, sobre todo, para la clase trabajadora.
La lógica inherente al sistema capitalista conduce a la crisis, sin embargo, ninguna es igual a la anterior, no estamos en presencia de una crisis clásica de superproducción que encuentra salida destruyendo las fuerzas productivas para reestablecer el ciclo de reproducción e inaugurando un nuevo período de expansión, sino que estamos en presencia, por primera vez, de una crisis en la que se conjugan aspectos económicos, financieros, ecológicos, alimentarios, sociales, en suma, una crisis de la civilización burguesa.
La complejidad de la crisis derivada de su multidimensionalidad se expresa al mismo tiempo en las limitaciones que impone el pensamiento económico vigente que continúa en la eterna dicotomía entre políticas keynesianas y neoliberales, inservibles para suavizar las fluctuaciones del ciclo económico, cada vez más profundas, pues, por una parte, las políticas fiscales y monetarias de carácter expansivo tropiezan con la posibilidad de conducir a las economías hacia la estanflación, mientras que por la otra, las políticas restrictivas ubican a las economías ante el riesgo de una recesión mucho más pronunciada. He aquí el dilema de un paradigma que hace aguas y cuyos modelos económicos no encuentran cuerpo en la compleja realidad mundial.
El capital se impone como límite concreto a su propia reproducción, reflexionaba Marx. En efecto, la tendencia decreciente en la tasa de ganancia se constituye en la contradicción esencial del sistema, que se expresa tanto en los ámbitos de la producción como en el financiero, y en el que el estallido de la burbuja inmobiliaria en el año 2008 en el país que rige el patrón de acumulación global, Estados Unidos, es tan sólo una de las expresiones de una crisis de carácter estructural cuyos impactos permanecen en la actualidad.
Es en este escenario en el que se posiciona la pandemia, evento que se presenta como catalizador de la crisis, profundizando sus impactos en todos los ámbitos de reproducción de la vida material y social, acelerando la reconfiguración de las relaciones laborales en una marcada ofensiva del capital sobre el trabajo, en el que la desaparición del empleo formal se constituye en la punta de lanza del capital global, así como la profundización de la precarización de las condiciones de vida, la desaparición de innumerables fuentes de empleo, el aumento de la pobreza, junto con el reforzamiento de la dependencia de los países periféricos y la debacle ambiental derivada de la racionalidad que rige la acumulación mundial.
Ante esto, los Think Tanks del establishment han planteado tres posibles escenarios denominados V, W y U, en donde V sería el escenario “ideal”, W el peor escenario y U el más probable. El escenario V contempla la caída estrepitosa del PIB global, pero a su vez, una recuperación igualmente pronunciada; el escenario W plantea recuperación lenta y luego una nueva recesión global; por último, el escenario U plantea una caída abrupta del PIB global y una lenta y baja recuperación, sin embargo, aparte de los escenarios mencionados, también ha cobrado relevancia un escenario L, aquel en donde la economía cae y mantiene un ritmo muy lento de recuperación y posterior estancamiento.
En cualquiera de los casos, lo cierto es que nos espera una profunda recesión económica agudizada por la pandemia, pues el estancamiento en el crecimiento de la economía mundial ya era una realidad antes de la Covid–19. Para Beinstein (2009) el parasitismo capitalista a gran escala se constituyó en el cáncer del sistema, y en donde, como consecuencia del encadenamiento de las sucesivas crisis de superproducción, de la interdependencia generada en torno a las grandes potencias centrales y de que el capitalismo se haya estructurado en función de la economía estadounidense a partir de la segunda postguerra, hace que el capital en su conjunto, se encuentre en el mismo barco, a la deriva y, en el que mantener la hegemonía en el sistema monetario internacional se presenta como el menor de los problemas para un gigante con pies de barro.

*Paraguay, Miembro de la Sociedad de Economía Política de Paraguay (SEPPY).