Eu: De La Rebelión Social A La Electoral*

Guerra contra Rusia y China
Foto:Infobae

Alejandro Álvarez Béjar**

La elección más importante de la historia contemporánea de EU, pues se juega la continuidad o el rechazo de un proyecto neofascista de dominación global, no dará un resultado el mismo 3 de noviembre, pues hubo más de 99 millones de votos adelantados (por correo o en casillas especiales por la pandemia), difíciles de contar rápido, lo que vuelve atractiva y probable la tentación de madrugar proclamándose victorioso al cierre del día.
Situación inédita, además, porque Donald Trump deslegitimó las elecciones por un presunto fraude y amenazó con desconocer su derrota. Esto, atizó el activismo telefónico de centenares de miles llamando a votar en estados cruciales y, de otros tantos, coordinando alertas de movilización por si Trump intenta parar el conteo de casillas o rechaza reconocer el triunfo de Joe Biden.
En el país de las encuestas, una semana antes del 3 de noviembre, la mayoría de los sondeos de intención de voto daban a Biden una ventaja promedio de 10% sobre Trump y adelantaban vuelcos históricos en Texas (que ha sido republicano durante décadas), Arizona, Wisconsin, Minnesota, Iowa y Michigan, en los que ganó Trump en 2016, además de preludiar el dominio demócrata en el Senado y un peso mayor dentro de la Cámara de Representantes. Pero dado su oligárquico sistema de elección indirecta, el resultado dependerá de los estados claves en el Colegio Electoral.

La elección más importante de la historia contemporánea de EU, pues se juega la continuidad o el rechazo de un proyecto neofascista de dominación global, no dará un resultado el mismo 3 de noviembre


Las elecciones presidenciales en EU giraron drásticamente hace meses, primero por una oleada de protestas masivas contra el racismo y la brutalidad policíaca (entre mayo y octubre), luego por agregarse el reclamo de los trabajadores “esenciales” y la población en general ante el torpe manejo presidencial de la pandemia de COVID19, después por el colapso de la economía (el PIB cayó 31.7% en lo que va del año) y la entrada de la pandemia en fase que exhibe nuevo carácter y extensión. Multiplicando la brutalidad policíaco-militar y paramilitar contra manifestantes pacíficos, Trump perpetró crímenes de lesa humanidad y selló una avalancha electoral en su contra.

Trump: ¿doble víctima del COVID19?

Trump minimizó los riesgos de la pandemia, descalificó a sus autoridades científicas en salud, retiró a EU de la OMS, trivializó la explosividad de los contagios y las muertes por el coronavirus, restó importancia al confinamiento, publicitó falsos remedios, criticó el uso de cubre-bocas y hasta se victimizó como “contagiado” y recuperado de COVID19, sin lograr empatía entre la población, más bien afianzando el repudio.
Electoralmente, comandó disrupciones: el desmantelamiento de casillas (en Kentucky las redujeron de 3,700 a menos de 200, htpps://www.democracynow.org/2020/6/22), eliminación de electores (en Wisconsin purgaron a 129 mil votantes, en su mayoría demócratas, https: http://www.truthourt.org, 29/07/2020); llenó los distritos más pobres de “observadores” supremacistas blancos para “cuidar” las casillas el día de la elección; sobre todo, apostó a desarticular algunas oficinas de correos, amenazó con quitarle presupuesto federal a ciudades gobernadas por demócratas (como NY, Chicago, Portland) y ser bastiones de la “izquierda radical”, aceleró durante años el nombramiento de cientos de jueces federales hasta culminar con prisa la nominación de Amy Coney Barrett, católica ultraconservadora, para tener mayoría en la Suprema Corte de Justicia (a la que legalmente tocaría resolver un eventual conflicto electoral); amenazó con la explosión del “terrorismo islámico” en EU, si ganaba Biden; y en Florida, alardeó su atractivo populista sobre el voto latino, diciendo que él en EU y AMLO en México, “eran las mejores opciones”.


Cuatro escenarios: batalla legal, violencia provocadora, triunfo popular, transición pactada

Quedaron así delineados cuatro escenarios poselectorales a cual más delicados y probablemente combinables: uno, insistencia en el fraude para desconocer un resultado electoral adverso a Trump y resolverlo en la Suprema Corte; dos, ataques violentos de supremacistas blancos contra fuerzas anti-Trump para provocar, intimidar, desacreditar y dividir la gran coalición electoral nacional que se ha formado, tácita o explícitamente (David Brooks, “La Mayoría Ascendente”, en “Democratizar EU: el gran reto de BLM”, La Jornada, 30/10/2020, p. 24); tres, que dada una votación arrolladora, la victoria de la coalición anti-Trump se imponga en medio de grandes manifestaciones, aún al riesgo de menores coletazos de violencia racista local y/o estatal; cuatro, que por la contundencia de la votación y un probable pacto entre las élites, ocurriera una tersa transmisión del poder.

En el corazón de la más poderosa e influyente economía, la batalla contra el neoliberalismo fascistizante está en buenas manos: jóvenes, valientes y ya experimentados luchadores. Vaya toda la solidaridad del pueblo mexicano.


Así, el 4 de noviembre comenzará otra fase crucial: contar todas las casillas y todos los votos por correo, repudiar el fraude, anular políticamente la violencia supremacista blanca, impulsar el control de la pandemia, reactivar la economía atendiendo las necesidades de los trabajadores y de los micro, pequeños y medianos empresarios, la lucha climática, desplegar una cultura de solidaridad, de reparación de daños, priorizando la destrozada vida comunitaria y las instituciones públicas: educación, salud, seguridad social, agenda con la que Biden no tiene ningún compromiso completo explícito.

Una rebelión social que devino rebelión electoral

Apenas a unos meses de haber iniciado la pandemia de COVID19 (fines de mayo hasta finales de octubre), EU vivió el movimiento social antirracista más complejo, largo y profundo de su historia contemporánea, pues llenó las calles de más de 150 ciudades y 4000 pequeños poblados, contó entre 15 y 30 millones de participantes, miles de ellos recibiendo una dosis extrema de brutalidad policíaca, militar y paramilitar, ordenada por Donald Trump supuestamente para “imponer la ley y el orden” (Álvarez, Alejandro, “La Rebelión de 2020 en EU. Un recuento desde México”, Revista del STTRM, agosto de 2020, en prensa). Se estimó que el 70% de los manifestantes tenía entre 18 y 25 años de edad, aunque en rigor fueron protestas multigeneracionales y multirraciales con negros, blancos, latinos, asiáticos, expresando su repudio total a la brutalidad policíaca, basada en un racismo institucionalizado durante décadas con una policía fuertemente militarizada, un sistema judicial sesgado en contra de la gente pobre y de color, el sistema penitenciario saturado con 2.5 millones de presos en su mayoría jóvenes negros y latinos y convertido en negocio privado gracias a iniciativa legal de Joe Biden.
Un estudio de CIRCLE, partiendo de que los “Millenials” y la “Generación Z” son 37% del electorado nacional, constató que en Florida, Carolina del Norte y Michigan los votantes menores de 29 años habían emitido 607,907 votos anticipados (700% más que los votos que los mismos votantes efectuaron en 2016) y que esos jóvenes están preocupados por el medio ambiente y el cambio climático (https://www.truhout.org/articles/1/31/2020). La rebelión social, devino rebelión electoral.
Eso coincide con el ascenso político de actores sociales crecidos en parte fuera y en parte dentro del espectro político partidista: el movimiento de defensa de la vida de los negros, (“#Black Lives Matter”), el movimiento de las mujeres por la equidad y contra la violencia de género, las luchas de los ambientalistas contra el cambio climático; y el repudio socio-comunitario a los ataques xenófobos contra los migrantes. Además, coaliciones como la “Campaña por el Pueblo Pobre”, lanzada en 2018 como espacio común en más de 40 estados “para el combate a los demonios del racismo, la pobreza de más de 140 millones de personas, la devastación ecológica, el militarismo y la economía de guerra, así como la distorsionada narrativa moral del nacionalismo religioso en USA” (https://www.poorpeoplescampaign.org/about).
Y Kayros, organización del “Centro Por las Religiones, los Derechos y la Justicia Social” (que reúne a generaciones de líderes religiosos y comunitarios), cuyos liderazgos activos son rasgos novedosos de la lucha actual, ambas demuestran que la lucha tiene espontaneidad y creatividad, pero, sobre todo, raíces histórico-sociales muy estructuradas (https://www.poorspeoplecampaign.org/about).
En el corazón de la más poderosa e influyente economía, la batalla contra el neoliberalismo fascistizante está en buenas manos: jóvenes, valientes y ya experimentados luchadores. Vaya toda la solidaridad del pueblo mexicano.

*Nota al cierre el 3 de noviembre de 2020.
** México, Profesor de Tiempo Completo y miembro del Centro de Análisis de la Coyuntura Económica, Política y Social (CACEPS), Facultad de Economía, UNAM, miembro del Comité 68 y de la dirección colectiva de SEPLA-MÉXICO.