Tío Sam: Descompuesto, Cayendo En Picada

James Martín Cypher*

Guerra contra Rusia y China
Foto: El Viejo Topo

¿Qué entendemos por una elección presidencial en los EE.UU.? Cada cuatro años la gente, bajo la premisa equivocada de que este país Dios-bendito, es el modelo para todo el mundo, andan en una locura frenética para seleccionar a un candidato entre solamente dos partidos podridos con candidatos confeccionados, sin programas o ideas. Ambos partidos gastan miles de millones de dólares en ejercicios propagandistas sin propósito o efecto.

El circo llegó

Desde afuera es un circo. Desde adentro es algo sin par: los ciudadanos volvieron a su comportamiento cuando tendrían seis años de edad, esperando la Navidad: tratan, como si fuera posible, de mandar su carta a Santa Claus, pidiendo una bicicleta flamante. Esta demencia social quedaba por unas tres semanas antes del 3 de noviembre, con las emociones inestables crecientes hasta la gran noche del día tres.
Unas semanas después todo es olvidado, para ser repetido en la próxima ronda. Dado que es “una democracia”, sin voto directo, es el barroco colegio electoral la institución que manda. Puede ser como en 2016 que el que “ganó” recibió 2.8 millones de votos menos que la candidata que perdió, o aún peor. No importa. Las instituciones sagradas, como el colegio electoral, son intocables. Así se comporta este país soberbio, es tan “magnifico” que no se puede concebir que haya que cambiarlo de fondo: no es cosa solo de re-imaginar el sistema electoral sino que hay una gama de instituciones que lo necesitan, como el mal llamado “sistema” de salud. Orquestado bajo las reglas del libre mercado, 17.7% del PIB en 2019 se gastó en salud (47% más que Canadá). Pero, no hay capacidad o imaginación para iniciar un cambio necesario.
Es el círculo perfecto de la futilidad. Las cosas no funcionan pero no se puede pensar en el cambio porque es el país ejemplar. Es la tierra de la libertad; la envidia de todos. Por lo menos nos lo dicen y se repiten aún en sus sueños.

Hundido por la pandemia

El 4 de noviembre estableció su récord de casos pandémicos —103,000. Por no entender el concepto de los bienes públicos ni el hecho de que el acceso a la asistencia médica es un derecho humano, el país quedó hundido por los efectos de la pandemia y una política no tan escondida de “cada uno para sí mismo”. Por no enfrentar la pandemia, un cuarto de millón de estos ciudadanos ha fallecido —más de 80% “ancianos” con gran incidencia entre los latinoamericanos y afroamericanos, casi todas gentes de la clase obrera, de la población “desechable”. Es el país, indiscutiblemente, número uno (como siempre) ya, ahora, cayendo en picada por sus daños autoinflinjidos. A veces un poco de esta realidad es filtrada hacia los equipos de los sobreenvejecidos escleróticos líderes del Congreso en Washington, pero en general no notan esta realidad porque de ser operativos claves del Estado nacional se encierran en una burbuja en Washington sin ser distraídos por la situación penosa cotidiana de la ciudadanía.

Atrofia

Los ejemplos posibles de la atrofia política del Congreso norteamericano no tienen límite. Pero, hoy en día, lo más llamativo debería ser el hecho de que decidieron irse de vacaciones dos semanas para celebrar el día de la Independencia (cuando las políticas fiscales de rescate implementadas en la primavera habían sido despilfarrados durante el verano). Regresando por unos días en agosto, tuvieron que tomar su derecho a otras vacaciones de casi tres semanas.
A unas semanas antes de la elección, el Congreso no había actuado. Salvo unas políticas inesperadas, improvistas y parcialmente esforzadas que fueron inventadas a regañadientes por el equipo del inquilino de la Casa Blanca (como el veto temporal a los desalojos forzados para los inquilinos que fue declarado entre septiembre y diciembre), el Tío Sam no tiene ni timón ni brújula. Con los mega-gastos Keynesianos desde abril ya gastados (unos $ 2.9 billón), a partir de septiembre algunos de los desempleados pudieron recibir 300 dólares por semana bajo el programa LWA hasta fines de octubre. Para muchos —incluyendo los 751,000 ingresados a este ejército en la última semana de octubre— ahora no hay más remedio que desnudar a Pedro para vestir a Pablo por medio de las extensiones de las cuotas mensuales de las tarjetas de crédito. El efecto neto ha sido un gran impulso en la inequidad dado que las políticas fiscales y las bizantinas de la Reserva Federal han sido captadas y entregadas al gran capital por un ejército de cabilderos y abogados en Washington, todos creados para entregar las arcas públicas a los adinerados. Hablamos en este caso de unos 2 billones de dólares reservados para los empresarios, de no contar la bolzaza desembolsada por la Reserva Federal. La generosidad de la Reserva Federal no es ninguna nimiedad, ciertamente que no lo es. Los créditos extendidos para nivelar los mercados financieros (y para engrasar palmas) han sido estimados, según el Washington Post (Whoriskey, 5 de octubre, 2020), en cerca de 4 billones de dólares.
Para los obreros era solamente de 884 mil millones de dólares ($2,695 por persona), una parte distribuida directamente a los contribuyentes y otra parte limitada para los desempleados. Del total gastado por el gobierno federal solamente 16 % fue dirigido a la salud pública. Dos terceras partes de este programa de rescate sin precedente fueron reservadas para el uno por ciento más adinerado.
Pero, por encima de los gastos directos de corte Keynesiano estaba una expansión de créditos sin par emitida por la Reserva Federal. No sería sorpresivo si la cantidad estuviera por encima de cuatro billones de dólares, dado que entre marzo y mediados de junio los holdings de la Fed aumentaron en 2.2 billones, según un análisis de la Institución Brookings publicado el 19 de junio.
El alcance del desempleo —los que han sido tocados durante la crisis desde marzo hasta medianos de septiembre, según la encuesta de Pew publicado el 24 de septiembre— es cosa sin precedente: en conjunto unos 52 millones han experimentado un periodo de desocupación. Entre ellos solamente 23 millones han vuelto a conseguir un empleo, muchos de ellos con un salario menor que antes. Pero la ruina no paró con estas cifras: los que fueron exentos de la experiencia traumática (si no fatal) de quedar sin un puesto de trabajo, en el país neoliberal sin límite, fueron, en una proporción considerable, castigados brutalmente: unos 16.6 millones trabajadores han sufrido un corte en sus horas semanales y/o una caída en su pago horario. Entonces, sin exagerar, podemos decir que, en conjunto, casi 69 millones—es decir 43 por ciento de la fuerza de trabajo empleado antes de la crisis—ha sufrido la ansiedad, la pena y la pérdida de estatus que es el destino de los que han sido echados para afuera, para ser tirados en el desguace social.

Del total gastado por el gobierno federal solamente 16 % fue dirigido a la salud pública. Dos terceras partes de este programa de rescate sin precedente fueron reservadas para el uno por ciento más adinerado.


Claro, la gracia salvadora e inesperada fue el programa de rescate del corte Keynesiano, inesperado porque una mafia de la ultraderecha en el Senado tuvo que apoyar una política expansiva impresionante. Los apoyos fueron suficientes para que más de 40% de los desempleados pudiera rebasar los salarios recibidos en el mercado laboral. Este golpe a su santo inspirador (siendo Milton Friedman o Ayan Rand), este choque contra la llamada “disciplina del mercado” se atora en las gargantas de los Senadores más poderosos; pero tuvieron que aceptar la legislación aprobada por la Casa Blanca. Por supuesto, después de unos meses, el equipo de ultraderecha del Estado regresó 180 grados y ahora aboga por una política de negligencia basada en la teoría chapucera de inmunidad colectiva junto con su odio por las políticas Keynesianas.

Weimar

Dado que, en gran medida, los salarios medianos reales crecieron más que el PIB, los obreros han tenido razones materiales para votar por el presidente Trump: entre 2016 y 2019 el PIB creció 7.7%, mientras el ingreso medio para los blancos aumentó 9.7% y el de los latinoamericanos subió 10.4%. Para los afroamericanos la cifra fue 7.8%. Era un periodo de tres años de crecimiento salarial sin par desde el llamado “auge de Clinton” entre 1992 y 2000. Por tales razones, entre muchas otras, incluyendo la creación de medio millón de puestos de trabajos manufactureros resultado tal vez de la política de “América Primero”, subió el voto para Trump entre las elecciones de 2016 y 2020.
Pero, el día 5 amaneció nublado en Washington, el jefe máximo estaba muy cerca de ser derrotado. Un elefante herido es un animal feroz. Una victoria para Biden sería estrechísima. En tal caso, va Trump a duplicar el argumento de la ultraderecha durante la República de Weimar (1918-1933, después de la derrota de Alemania en la Guerra Primera Mundial), la derrota fue una puñalada traicionera. Respaldado con casi la mitad del voto, va a culpar a los que no son “realmente Americanos”. Es decir, el aumento de 65% en el voto latinoamericano sería —según la ultraderecha— la causa de su derrota. Entonces, va a entrar en una campaña de desestabilización, con el tortuguismo en el Senado combinado con denuncias mediáticas constantes. Con una pizca de margen de victoria en el colegio electoral, los Demócratas van a presidir sin legitimidad frente a una tormenta desencadenada. Cualquier intento para ayudar al pueblo será denunciado como la ruina de la nación, si no la aparición del temido “socialismo”.
Con una deuda pública que ha crecido 31% entre julio 2019 y 2020, los Republicanos (y algunos del otro partido) van a parar el Keynesianismo. Sin eso va a caer la economía, así o asá, alimentando una oposición. Cayendo en picada, dando forma a un Weimar II, con tropas de choque envueltas en la bandera y alentadas por sus sueños étnico-nacionalistas, parece que el Tío Sam ha llegado ahora a un punto muerto que sobrepasaría por mucho las capacidades del equipo neoliberal de un presidente llamado Biden, aunque para el medio ambiente implicaría esperanzas marginales.

*Estados Unidos, Centro de Estudios del Desarrollo, Universidad Autónoma de Zacatecas.