Paisaje después de la batalla: Estados unidos y las elecciones de 2020

Jorge Hernández Martínez*

Protestas contra Donald Trump frente a la Casa Blanca en Washington.
Imagen: Público

Una conocida película polaca de 1970, Paisaje después de la batalla, presentaba un matizado panorama de incertidumbre y desconcierto, esperanza y frustración, ante la devastación que dejaba la Segunda Guerra Mundial. A través de la mirada del protagonista, se descubre que muchas cosas cambiaban, pero que otras, no tanto. La conflagración había terminado, mas el derrotado totalitarismo fascista sería sustituido por otro, de distinto signo, permaneciendo situaciones que parecían destinadas a quedar en el pasado. 

La sociedad norteamericana y las perspectivas

La situación que se dibuja en la sociedad norteamericana al terminar el proceso electoral en 2020 podría evocar un cuadro parecido. La semejanza tiene que ver más con la situación de la sociedad civil y de la cultura, que con el sistema político y la práctica gubernamental. En este sentido, las iniciativas que introducirá el nuevo gobierno se instrumentarán en un terreno de fertilidad relativa o limitada, ya que los resultados de las recientes elecciones han dejado ver, en medio de no poca ni efímera incertidumbre, que junto al predominio popular y del Colegio Electoral a favor de Joseph Biden, existe una tendencia ideológica conservadora, de extrema derecha. Ello se palpa en el respaldo recibido por Donald Trump con más de 70 millones de votos, seguido por la adhesión a su figura mediante movilizaciones públicas, proclives a la violencia, que se suman a su empeño en aferrarse a la presidencia.

los resultados de las recientes elecciones han dejado ver, en medio de no poca ni efímera incertidumbre, que junto al predominio popular y del Colegio Electoral a favor de Joseph Biden, existe una tendencia ideológica conservadora, de extrema derecha


Expresiones ideológicas como las referidas han tenido presencia anterior en la historia norteamericana, según lo muestra la segunda mitad del decenio de 2010, a punto de concluir, en los tres resultados electorales precedentes. En los casos de 2008 y 2012, a causa del triunfo y reelección, respectivamente, de Barack Obama, un presidente de piel negra, que despertó fuertes sentimientos de racismo y nativismo, se produce el reavivamiento de viejas conductas colectivas, a través de los existentes grupos de odio. Así ganan espacios los neonazis, los “cabezas rapadas” (skinheads), el Movimiento Vigilante, las Milicias, las Naciones Arias, el Movimiento de Identidad Cristiana, entre otros, que hasta entonces tenían un bajo perfil, a los que se añadió el naciente Tea Party, haciendo gala de no menos extremismo derechista. En 2016, resurgen algunos de ellos, alentados por la victoria de Trump, al sentir el amparo de un presidente que los cobijaba cuatro años atrás, y la necesidad de defenderle ahora, en 2020, ante la derrota electoral.
Las tendencias de mayor beligerancia florecen en Estados Unidos en escenarios de crisis, a causa de divisiones desde comienzos del siglo, que se entrelazan con los efectos de las que habían tenido lugar en las tres últimas décadas de la pasada centuria, en medio de diversas contradicciones.
Tales tendencias han tenido un contrapeso no despreciable, coexistiendo con las que -con raíces en los movimientos sociales, canalizando intereses y actividades de minorías étnicas y raciales, grupos discriminados por su orientación sexual, de sindicatos y de un sector del Partido Demócrata-, poseen también antecedentes en la sociedad civil y han actuado como contracara de ellas, como Occupy Wall Street, y el entramado de fuerzas de Bernie Sanders, cuando en 2016 y 2020 se proyectó como precandidato demócrata, encarnando una propuesta autodenominada socialista, que en el entorno estadounidense es calificada “de izquierda”, cuyo radicalismo reformista alcanzó una considerable capacidad de convocatoria, enfrentando tanto a la tradición política liberal como al ideario de los conservadores y de la extrema derecha. Entre las bases de apoyo electoral con que contó Biden, los seguidores de Sanders actuaron como una fuerza importante y ocupan un lugar en el tablero de posiciones políticas que el nuevo presidente tiene ante sí, bajo el signo de una crisis inconclusa, en el que se disputan preferencias e influencias.

Las tendencias de mayor beligerancia florecen en Estados Unidos en escenarios de crisis, a causa de divisiones desde comienzos del siglo, que se entrelazan con los efectos de las que habían tenido lugar en las tres últimas décadas de la pasada centuria, en medio de diversas contradicciones.


Estados Unidos se enfrenta hoy, en ese tablero, a los retos y oportunidades del cambio y la continuidad, en circunstancias marcadas por los efectos desoladores de una crisis múltiple, que no tendrá soluciones inmediatas ni sencillas, toda vez que incluye ante todo, como enorme problema humano, el de los estragos del Coronavirus, con miles de contagiados y fallecidos, en una sociedad dividida no sólo en términos partidistas o ideológicos, en cuyo estado de ánimo ha calado la cosecha “trumpista”. Junto a ello, se ubican en primer plano los estremecimientos profundos de la economía, cuya solución no es independiente del control efectivo de la epidemia, en medio de un clima social convulso, definido por conflictos y contrapuntos en torno a temas polarizantes, en los que confluyen factores espirituales, como la religiosidad y la identidad, que por definición no poseen una connotación política, pero que la adquieren, por implicación, en las contiendas electorales. En el cuadro descrito, como reacción ante las crisis, florece una ideología de extrema derecha que profundiza las contradicciones habituales, entre liberales y conservadores, en compañía de la citada proyección “de izquierda”, con la cual el “trumpismo” pretendía demonizar la imagen de Biden y la opción demócrata.
Los resultados electorales: fruto de la crisis y expresión de las contradicciones

Los resultados de las elecciones de 2020 incluyen lo que sucedió y lo que no ocurrió: Biden obtuvo el triunfo y Trump no consiguió la reelección.
El Partido Demócrata pudo recuperarse de su crisis interna, alcanzar un alineamiento alrededor de su candidato, atraer a una parte de las bases que apoyaron a Trump en 2016 y ganar espacios en determinados estados con inclinaciones republicanas. Sin embargo, no se produjo el esperado “sunami azul”, como se denominó al pronóstico que vaticinaba que los demócratas obtendrían una victoria sobresaliente. Tampoco aconteció la aplastante derrota del Partido Republicano, según se preveía, al mantener espacios significativos en el Congreso, permaneciendo su mayoría en el Senado, junto al predominio en la Corte Suprema.
La votación muy favorable a Biden fue acompañada, como ya se señaló, por una no desestimable preferencia por Trump, bastante sorprendente, si se toman en cuenta los niveles de desaprobación de su gestión de gobierno y las expresiones negativas que reflejaban las encuestas. Las manifestaciones públicas sostenidas de rechazo a la violencia racial y de crítica a la política gubernamental de Trump fueron parte del contexto en que se realizaron los comicios. Pero también se insertaban en él las reacciones fanáticas y no menos masivas de los grupos de odio que pretendían impedir o limitar las presuntas acciones fraudulentas en los centros de votación.
Al sumar y restar, puede concluirse que los resultados electorales fueron fruto de la prolongada crisis múltiple, de sus efectos acumulados y concatenados, así como expresión de las profundas divisiones existentes, no sólo en el sentido partidista, concernientes a las preferencias por uno u otro candidato, sino desde el punto de vista ideológico y simbólico. Se verificó en ellos cuán polarizada estaba la nación ante el amplio e importante abanico de asuntos: empleo, estabilidad económica, impuestos, inmigrantes, armas de fuego, seguridad ciudadana, la violencia, medio ambiente, discriminación racial, política exterior.
De alguna manera, cobra vigencia la imagen, en condiciones distintas, de la advertencia de Lincoln, en el contexto de crisis y contradicciones conducente a la Guerra Civil, pronunciada en su discurso ante la Convención Estadual Republicana de Illinois, en Springfield, el 16 de junio de1858, al decir que “una casa dividida contra sí misma no puede sostenerse […] no espero que derrumbe, lo que espero es que deje de estar dividida […] se convertirá en una cosa o en la otra”.
Biden tiene ante sí un arco tal de conflictos que difícilmente pueda solucionarse con acciones como las contenidas en la Plataforma del Partido Demócrata, o con las intenciones planteadas en el discurso que pronunció al conocer su victoria, donde expresó que se había postulado a la presidencia para “restaurar el alma de la nación” y “lograr que Estados Unidos vuelva a ser respetado en todo el mundo”. Cualquier semejanza, por cierto, con las frases de Trump que prometían situar a “Estados Unidos, primero”, y “recuperar la grandeza” del país, no es simple coincidencia, si bien es válida la intención de subrayar el inicio de un nuevo camino, lo cual le ofrece una gran oportunidad. El desafío, en cambio, será el de cambiar las cosas, en un marco de decadencia capitalista, logrando que al cambiarlas, no sea más de lo mismo o todo quede igual.

*Cuba, GT Estudios sobre Estados Unidos y Profesor del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU), Universidad de La Habana.