Tío Sam: Cayendo De Bruces

James Martín Cypher*

Fuente: Independenciasulamericanas

Sería muy difícil encontrar un momento cuando —en la corta, sangrienta, historia de los EE.UU.—la situación sociopolítica y económica haya sido tan caótica. El problema número uno es la pandemia. En el curso de un año, la respuesta del Estado para hacer frente a las necesidades de salud fue casi nula.

Cueste lo que cueste

En abril de 2020, con el “consejo” del llamado “economista” de la Fundación Heritage, Stephen Moore, junto con Art Laffer (el chapucero del “Laffer Curve”) y el bombástico, fallido, ex-líder del Congreso, N. Gingrich, el presidente Trump decidió abrir la economía casi sin cualquier medida o regulación sanitaria (como máscaras, equipo de protección personal, pruebas gratis y rápidas, el rastreo y confinamiento de las personas infectadas, etcétera). La elección entre la plata y la vida de los ciudadanos más marginales (siendo en la mayoría mexicanos, afroamericanos y los que viven en las residencias de ancianos) era trato hecho: la consecuencia de esta decisión, al 21 de enero de 2021, fue que el número de los muertos (405,000) igualó al de los soldados norteamericanos caídos en la Guerra Segunda Mundial.
El presidente Biden afirmó lo mismo en su juramento el 20 de enero. Pero antes, esta espeluznante comparación no fue divulgada a lo largo de los EE.UU, ni mencionada en la prensa. Antes, tan entrapados en la obsesiva cultura de la positividad, la única “solución” para muchísimos estaba en hundir su cabeza bajo la tierra. Pero ahora, si se define como “tiempo de guerra”, hay que ejercer el poder del Estado y, de hacerlo, mostrar la futilidad del dogma neoliberal en donde lo único que pude hacer el Estado es hacer las cosas peor.

Si se define como “tiempo de guerra”, hay que ejercer el poder del Estado y, de hacerlo, mostrar la futilidad del dogma neoliberal en donde lo único que pude hacer el Estado es hacer las cosas peor

La realidad ocultada a plena vista por un año entero

La única ceremonia nacional para reconocer la realidad del colapso del autoproclamado “mejor sistema de salud en el mundo” ocurrió el 19 de enero de 2021 —después de un año de silencio, evasión y negación— en un solemne evento presidido por Biden para reconocer a las víctimas de la pandemia. Durante los 12 meses anteriores el sistema de salud había sido revelado por lo que es: una maquina alquímica desenfrenada produciendo oro sin límites para las empresas más voraces, incluyendo los fondos de cobertura y las sociedades de inversión en el sector (como Kohlberg Kravis y Roberts con $207 mil millones de dólares en activos en 2020). Estas empresas son para sacar la plata pero no entregan tanta para la salud.
En términos comparativos, el raquítico sector de salud mexicano —totalmente incapaz para hacer frente a la pandemia— es, no obstante, mejor que el norteamericano: las cifras penosas totales (febrero de 2020 hasta 20 de enero de 2021) son llamativas porque la proporción de los muertos México/EE.UU fue 0.35, en contraste con el ratio 0.39 de los habitantes. Entonces, México es el mal menor, pero nunca ha presumido de ser el paladín mundial de la de salud.
Crimen y castigo al estilo americano

Aunque parece que este sistema de salud está dividido en dos partes —55% para las grandes empresas de seguros médicos vinculadas a las cadenas de hospitales y clínicas médicas, empresas farmacéuticas, etc., y el otro 45% controlado por los programas federales de Medicare (para los ancianos que han pagado sus aportaciones por décadas) y Medicaid (para los indigentes) junto con los programas manejados por los estados— hay un sin número de maneras para estafar al gobierno federal (y a los estados) para sacar fondos, porque no hay una cadena de hospitales y clínicas gubernamentales.
Los programas federales (Medicare con gastos de $859 mil millones de dólares y Medicaid con $630 mil millones en 2020) y de los estados (con gastos cercanos a $600 mil millones) tienen que pagar lo que pide el sector privado. Entonces, el robo primero se registra por los precios espurios y abultados establecidos por el oligopolio médico —ambos en los programas gubernamentales y en todos los demás. El costo de las mercancías y servicios médicos está controlado totalmente por empresas privadas, el gobierno es solo un intermediario: según estudios publicados por la Asociación Americana de Medicina —el establishment— el total del fraude y deshechos estimados alcanzó $935 mil millones de dólares en 2019, o 4.4% del PIB (https://jamanetwork.com/journals/jama/article-abstract/2752664).
Cada año las facturas falsas llegan a los miles de millones de dólares, como ha sido revelado por unos casos legales: Entre las cosas raras norteamericanas está el poder presidencial para indultar a los criminales. Para Trump esto fue una gallina de los huevos de oro. De pagar dos millones de dólares o más a una persona de su mafia estaba la posibilidad de comprar un indulto. Hay el caso de un delincuente indultado que robó $1.3 mil millones de dólares desde Medicare (E. Lipton, New York Times, 22 de enero de 2021 p. A1). Fue un indulto, entre muchos, por un crimen idéntico. Entonces, hay que anotar un doble movimiento en esta acumulación primitiva: primero, el robo de Medicare; segundo, el perdón comprado. Pomposamente, el Tío Sam ha denunciado los países pobres por ser corruptos. Y ¿ los EE.UU.?

habrá ciertos intentos más para atender a la extrema y creciente desigualdad en la distribución del ingreso —pero van a ser pasos pequeños e insuficientes para revertir los impuestos bajados por Trump para los ricos y las corporaciones

¿El “regreso” de los EE.UU.?

¿Es esta nueva política gubernamental agresiva frente a la pandemia una señal del abandono del neoliberalismo? Para Biden, marcado por los traumas de la Gran Depresión y la Guerra Mundial, la necesidad de un Estado poderoso y eficaz está dada por hecho.
Entonces, considerábamos, antes de la toma de posesión, que era probable que entre las políticas de Biden estaría, en primer lugar, un aumento en el salario mínimo federal establecido a $7.25 por hora en 2009 a $15 dólares. (De hecho, por orden executivo, el 22 de enero esto fue declarado para los contratistas federales, repercutiendo en cuatro millones de obreros); y, en segundo, unas cuantas regulaciones para limitar el “derecho” del gran capital norteamericano de despojar el medio ambiente.
Por lo menos habrá ciertos intentos más para atender a la extrema y creciente desigualdad en la distribución del ingreso —pero van a ser pasos pequeños e insuficientes para revertir los impuestos bajados por Trump para los ricos y las corporaciones (J. Tankersly, New York Times 23 de enero de 2021, p. B1). Es decir, no van a revertirse por completo los cambios que facilitaron un aumento en 36% de la riqueza de los 600 multimillonarios entre marzo y diciembre de 2020 (https://inequality.org/great-divide/updates-billionaire-pandemic/). Así, recibieron una cantidad por encima de los $900 mil millones de dólares del segundo paquete federal de rescate emitido en diciembre. Los beneficios para los ricos llegaron por todos lados: el 25% del programa de rescate primero llamado P.P.P. —unos $131 mil millones de dólares— fue regalado al 1% más grande de las empresas elegibles (S. Cowley y E. Koeze, New York Times 3 de dic. de 2020 p. A1).
Mientras tanto, para la clase obrera —gracias a las dos mega-programas federales de rescate que aumentaron y extendieron las pólizas del desempleo— unos 30 millones fueron recibiendo una ayuda extraordinaria en mayo 2020. No obstante, más de 70 millones han sufrido un desempleo temporal, situación que costó la pérdida de su seguro de salud de unos 12 millones de familias durante la pandemia. La gran mayoría de los obreros fueron excluidos de los programas mezquinos para los desempleados, dadas las restricciones aplicables. Entonces, para la clase trabajadora la precariedad ha surgido como nunca vista desde la Gran Depresión.

¿La superpotencia única?

Un interrogante central es la cuestión de la reconstitución del poder diplomático, económico y militar en el extranjero de los Estados Unidos. Con las políticas étnico-nacionalistas ahora rechazadas, los que abogan por la globalización (como la Secretaria de Hacienda, Janet Yellen, apoyadora del TLCAN) y los anhelosos por la dominancia multilateral (como el neoconservador Secretario de Relaciones Exteriores Tony Blinken) van a proseguir la ampliación del poder de los EE.UU. Pero —después de la crítica tan popular al TLCAN montado por Trump y su reconocimiento de los efectos nefastos para la clase trabajadora del ingreso de China en la OMC en 2001, cualquier intento para relanzar los procesos de offshoring atraerá una tormenta de rechazos. La ideología de “libre comercio”— érase una vez presentada como si fuera una “ley” inapelable de economía— ya no es tan hegemónica.
Este dilema —la necesidad de sacar ganancias por el arbitraje laboral y extender la deslocalización y la desindustrialización mientras que la clase trabajadora está enterada de la engañifa de “libre comercio”—ahora está reconocido sólo por ciertos magnates oportunistas. Hoy, ¡hasta el multimillonario jefe de J.P. Morgan Chase se ha declarado por un “sistema más justo y equitativo”! Abogan ahora estos potentados por una “competencia gestionada” entre las grandes naciones. Pero muchos otros —como los jefes de Walmart, Apple, Visa, Ford y Blackstone— estuvieron muy cómodos con “América Primero”. Por lo tanto, la reformulación de la relación Capital-Estado en la esfera internacional es cosa irresuelta.

El Weimar II

Por si no fuera poco, el 6 de enero de 2021 Tío Sam cayó de bruces cuando una horda neo-fascistas (mejor conocido como “patriotas”) atacaron el Congreso en un putsch derrocado —sin consumar su plan de tomar de rehén a los congresistas para obligarlos a declarar Trump el presidente selecto. Así va el autoproclamado “único país indispensable”.

* Estados Unidos, GT Crisis y Economía Mundial, Profesor-investigador, Doctorado en Estudios del Desarrollo, Universidad de Zacatecas, México.