Coronavirus Y Crisis Del Capitalismo: ¿Naturaleza O Economía Política?

Juan Pablo Mateo*

Fuente: El país

Caracterización teórica

El primer interrogante se relaciona con la caracterización de la crisis económica originada por la pandemia. Considero que constituye una crisis exógena (no sin matices) a la lógica del capital, por lo que se trata de una mera posibilidad no susceptible de teorización. Ahora bien, no sería ni un cisne negro, como siempre ocurre con la economía ortodoxa, pero también se distancia de las crisis inherentes a la lógica de acumulación de capital y explicadas por contradicciones endógenas que se manifiestan en una insuficiente capacidad de generar excedente. Veamos diversos elementos a analizar.
La pandemia surge en un momento en el cual había crecimiento económico, si bien la dinámica de acumulación presentaba claras debilidades. La Gran Recesión de 2008-2009, pese a las múltiples quiebras y depreciaciones de activos aunadas a la regresividad salarial, no parecía haber restablecido las condiciones de rentabilidad necesarias para impulsar un proceso de acumulación álgido. Durante la última década, la deuda respecto del PIB ha crecido considerablemente. El contexto se caracterizaba, pues, por una debilidad en la capacidad de generar excedente y un protagonismo de la deuda. Esta crisis no hará sino agudizar tales fenómenos.

El primer interrogante se relaciona con la caracterización de la crisis económica originada por la pandemia. Considero que constituye una crisis exógena (no sin matices) a la lógica del capital


Esta crisis reclama considerar analíticamente el ámbito natural en el cual se desarrolla el proceso de producción de excedente, conformando una totalidad que obliga a explicitar la doble contradicción del capitalismo, a saber: un sistema que se basa en la explotación, y a su vez que es depredador de la naturaleza. Una vez más, el Robinson Crusoe de los manuales de economía neoclásica se revela como una ficción doble, aislado de relaciones sociales y de vivir en la naturaleza.
De manera complementaria, hay que destacar que la crisis ocurre cuando se produce una paralización significativa de la actividad laboral. Puesto que la movilidad de los trabajadores se ve reducida, tanto por el virus como por la necesidad de reducir su incidencia, resulta que no existe generación de valor. Se puede trazar un paralelismo con una huelga para demostrar lo que se oculta detrás del PIB.

¿Un factor sin contenido social?

Si bien he señalado que esta crisis se diferencia de las crisis inherentes del capitalismo, es preciso incorporar sustanciales matices. En primer lugar, el COVID-19 no es ajeno a la incidencia del capitalismo sobre la naturaleza, tanto en cuanto a la tendencia hacia la extensión de las relaciones sociales propias del capitalismo, como por el sistema de producción.
El capital tiene una pulsión hacia la mercantilización del conjunto de actividades, y a su extensión geográfica hasta abarcar todo el planeta. Esta doble dinámica impacta sobre la naturaleza (creciente urbanización, necesidad de recursos naturales…) y, sin embargo, el propósito de maximizar el beneficio socava en cierta medida la base material (y no sólo laboral) sobre la cual se lleva a cabo. Porque el capitalismo tiene una dimensión territorial, tanto en cuanto a la naturaleza, como en los distintos Estados-nación.
Esta destrucción de la naturaleza tiene entre sus consecuencias la mezcla de humanos y vida salvaje, lo que incrementa la probabilidad de transmisión de enfermedades procedente de animales. En este sentido, no es del todo cierto que sea un cisne negro, pues ya se había advertido desde 2017 la posibilidad de nuevos coronavirus procedentes de murciélagos en Asia, y que su virulencia sería mayor al estar en contacto con humanos, y alertado de que el sudeste asiático era la región que en mayor medida había sufrido deforestación en los últimos cuarenta años (por ejemplo, A. Afelt y otros 2018, “Distribution of bat-borne viruses and environment patterns” en Infection, Genetics and Evolution 58:181-191.).
Por tanto, no es casualidad que la crisis estalle en China, que resulta un ejemplo paradigmático en la medida que se ha erigido en un factor de estabilización del capitalismo mundial al abrir nuevos ámbitos al proceso de valorización. De manera complementaria, la industrialización de la actividad agrícola incrementa el riesgo de contagios de virus procedentes de animales, debido al propio sistema (aglomeración, uso de ciertos productos, etc.), como por la creciente ocupación de tierras. Ello fue lo que ocurrió en China, donde a partir de los años noventa se va generalizando esta modalidad productiva a gran escala en detrimento de la pequeña propiedad. Los pequeños productores fueron desplazados y algunos recurrieron a la cría de especies silvestres que antes sólo eran objeto de consumo de subsistencia. Además, la agricultura industrial ha ido ocupando cada vez más tierra, lo que ha empujado a tales productores a áreas cada vez más lejanas, invadiendo terrenos de especies como los murciélagos. Ello posibilitó un mayor contacto entre humanos y especies, lo que aumentaba las posibilidades de zoonosis.

El sector público ha colaborado con un inmenso gasto para que las empresas privadas logren grandes beneficios, los cuales están asegurados por parte de las compras garantizadas por los gobiernos, que además asumen los riesgos.

Asimetrías de clase

El coronavirus y la crisis tienen sin duda un carácter de clase. El virus no se ha propagado en flujos de capital, o en mercancías, sino mediante las personas. Específicamente, en personas que han viajado por negocios (empresarios, ejecutivos) o placer (turistas) y, por tanto, de un elevado poder adquisitivo.
Sin embargo, su incidencia es muy superior en los grupos de menores ingresos, que habitan en viviendas y barrios con menor espacio y, además, la actividad económica propia de empresarios, ejecutivos, incluso de las capas de la clase trabajadora con mayores ingresos, está menos expuesta a las aglomeraciones, tanto en el trayecto del hogar al trabajo, como en la propia actividad que realizan.
La vacuna también sintetiza los rasgos desiguales del capitalismo. Su producción constituye un inmenso logro del avance tecnológico. Ahora bien, ¿supone un triunfo del capitalismo? Más bien, permite vislumbrar el potencial que brindaría la planificación económica. La colaboración, y no la competencia por patentes, es más eficiente para salvar vidas. El sector público ha colaborado con un inmenso gasto para que las empresas privadas logren grandes beneficios, los cuales están asegurados por parte de las compras garantizadas por los gobiernos, que además asumen los riesgos. Mientras, algunos ejecutivos se han apresurado a vender acciones de sus farmacéuticas.
Finalmente, se ha de destacar otra asimetría. Al margen de la socialización de gastos y privatización de beneficios, el reparto de las vacunas resulta clarificador. Dentro de los países desarrollados, al menos en Europa occidental, el criterio para vacunarse se explica por la vulnerabilidad de las personas (edad, actividad, etc.). Ciertamente, se trata de un triunfo del Estado de derecho y de las luchas históricas del movimiento obrero. ¿Nos imaginamos que fuera el mercado quien regulara el acceso a la vacuna? Siguiendo los enfoques ortodoxos, lo más apropiado sería organizar una subasta walrasiana.
Ahora bien, a escala internacional estas conquistas se desvanecen, y la contradicción centro-periferia se aprecia claramente, pues los países más pobres deberán esperar unos años. Es aquí donde la lógica inherente del capital se revela más transparente. Por si quedaran dudas, los países más poderosos y Brasil han desestimado en el seno de la OMS la propuesta de India y Sudáfrica para eliminar las patentes.
En definitiva, esta crisis, pues, no constituye un fallo, ni del mercado, ni de política económica, sino que constituye un resultado, aunque meramente posible, del despliegue de la lógica del capital a nivel mundial. Pero el alcance de su devastación sí se relaciona con la reestructuración neoliberal de las últimas décadas, pues si algo demuestra esta pandemia, es que la intervención del Estado frente al mercado constituye el último dique de contención de la barbarie. Es el capitalismo, amigos.

*España, Universidad Complutense de Madrid, Dpto. de Economía Aplicada, Estructura e Historia e investigador del EMUI (Euro-Mediterranean University Institute).