Argentina: la lucha feminista. Los Derechos sociales se conquistan en las calles

Gabriela Roffinelli*

Fuente: Sabes.cl

El próximo 8 de marzo, habrá movilizaciones –con limitaciones impuestas a raíz de la pandemia– de una cantidad innumerable de agrupaciones, gremios y colectivos feministas en el mundo entero contra la precarización de la vida, los feminicidios, el acoso, la violencia patriarcal, por la legalización del aborto, por la igualdad de derechos laborales y en todos los órdenes de la vida.
Particularmente, en Argentina el 8 de marzo se festejará la reciente promulgación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Resultado de la incansable lucha de las mujeres en contra del aborto clandestino, unos 450 mil por año que han cobrado miles de vidas, mayormente, de mujeres y niñas que provienen de familias trabajadoras y pobres. Exponiendo que el acceso a la salud sexual y reproductiva de calidad está marcado por una dramática desigualdad de clases.

El próximo 8 de marzo, habrá movilizaciones –con limitaciones impuestas a raíz de la pandemia– de una cantidad innumerable de agrupaciones, gremios y colectivos feministas en el mundo entero


El tratamiento de la Ley del aborto era una de las promesas de campaña del actual presidente Alberto Fernández, pero ante la profundización de la crisis económica y sanitaria manifestó públicamente su intención de postergarla para el 2021: “no es el momento”. Pretendía evitar abrir un frente de disputa con sectores aliados a su gobierno cercanos al Papa Bergoglio, quién justo antes de que se abriera el debate en la cámara de diputados expresó “el Hijo de Dios nació descartado para decirnos que toda persona descartada es un hijo de Dios”. Sólo la presión popular obligó al presidente a cumplir con su promesa electoral en su primer año de mandato.
Desde 1921 el código penal reconocía el aborto en casos de violación o de peligro para la vida y la salud de la mujer, pero la implementación de ese derecho sólo se ha realizado de forma excepcional, después de sortear muchos obstáculos. El 8 de marzo de 1984, finalizada la dictadura militar, se realizó la primera marcha en favor de la legalización del aborto y de ahí continuaron ininterrumpidamente los encuentros, campañas y movilizaciones. En los años 90 se realizó la primera presentación de un proyecto de ley. Sin embargo, recién en 2015, el debate ganó fuerza en favor de la aprobación de la mano de las protestas en contra de los feminicidios, que dio lugar al movimiento Ni una menos. Se comenzó a denunciar las múltiples caras de la violencia de género, entre la que se encuentra la de negar el derecho a la interrupción del embarazo a niñas y mujeres abusadas sin recursos económicos en los hospitales públicos, obligándolas a gestar y parir, muchas veces, poniendo en riesgo sus vidas.
La conquista de la legalización del aborto constituye un valioso aprendizaje para las nuevas generaciones acerca de que los derechos sociales se conquistan con la organización popular y otorga fuerza a las miles de mujeres de Nuestra América que luchan en pos de que el aborto deje de ser clandestino y penalizado en sus países.
Al mismo tiempo, proliferan las manifestaciones contra los feminicidios frente a la “¿inoperancia?” de las instituciones del Estado. Sólo en los primeros 23 días del 2021, en Brasil se registraron alrededor de 50 víctimas de feminicidio, una media de cuatro mujeres muertas por día. Entretanto en Colombia, durante las dos primeras semanas del 2021, 18 mujeres fueron asesinadas. En México un promedio de 10 mujeres diarias son víctimas de feminicidio. Y en Argentina, en los primeros 40 días del año ya se registraron 44 casos de feminicidios a razón de una mujer cada 22 horas. El confinamiento impuesto por la pandemia implicó un aumento significativo de la violencia contra las mujeres. Indudablemente, el rechazo a los feminicidios, los abusos y la violencia de género será uno de los motivos convocantes centrales para este 8 de marzo en toda la región.

recién en 2015, el debate ganó fuerza en favor de la aprobación de la mano de las protestas en contra de los feminicidios, que dio lugar al movimiento Ni una menos


En toda Nuestra América se advierte que las luchas feministas avanzan con fuerza contra la discriminación, la desigualdad y la violencia de género y seguramente se lograrán en el mediano plazo importantes mejoras en las condiciones de vida de las mujeres. Es cierto, que el feminismo no implica necesariamente posiciones anticapitalistas y mucho menos socialistas, no obstante, las luchas feministas que apuesten a terminar de raíz con las múltiples opresiones y desigualdades reinantes tendrán que articularse con la vida social, es decir con el corazón de las relaciones sociales — relaciones de explotación y dominación de seres humanos y naturaleza— que conforman nuestras sociedades capitalistas periféricas.
Como señala Ellen Meiksins Wood “el capitalismo podría sobrevivir a la erradicación de todas las opresiones específicas de las mujeres por su condición femenina, mientras que, por definición, no podría sobrevivir a la erradicación de la explotación de clase” (Democracia contra capitalismo, 2000). Esto significa que el orden social capitalista se nutre de múltiples opresiones: de género, étnicas, culturales y otras muchas, sin embargo, no tiene necesidad estructural específica de ellas para su reproducción.
Estamos atravesando tiempos históricos de gran incertidumbre. La pandemia del coronavirus expuso una de las caras más duras de la crisis civilizatoria a la que nos arrastra el capitalismo contemporáneo. Pese a las múltiples advertencias acerca de la proliferación de las enfermedades virales, los países no estuvieron preparados para enfrentar la pandemia porque la salud de millones de personas no depende de criterios humanitarios, sino de las “furias del interés privado”, de los negocios de las corporaciones. Que “como en cualquier esfera de la producción, lo único que importa es producir plusvalor, apropiarse, en el producto del trabajo, de determinada cantidad de trabajo impago” (Marx, El Capital Tomo III, pág. 247).
Asimismo, no estamos ante una crisis económica coyuntural más, una etapa previa a un gran “reinicio” de prosperidad, como promete Klaus Schwab Presidente Ejecutivo del Foro Económico Mundial. Estamos ante una crisis estructural que el capital viene arrastrando desde la década de los 70s del siglo pasado y que se manifiesta con todo dramatismo en la degradación de las condiciones sociales de vida para la gran mayoría de los pueblos y de la clase trabajadora (Samir Amin, Más allá del Capitalismo Senil, 2003).
Lo excepcional del momento histórico que atravesamos nos recuerda la exhortación de la revolucionaria alemana-polaca Rosa Luxemburgo frente a la Primera Guerra Mundial: “aquí el capitalismo descubre su cabeza de cadáver, aquí confiesa que su derecho a la existencia ha caducado, que la continuación de su dominación ya no es compatible con el progreso de la humanidad” (La crisis de la socialdemocracia “El folleto de Junius”). Rosa comprende dramáticamente que la verdadera disyuntiva a la que se enfrenta la humanidad no es “civilización o barbarie”, sino “socialismo o barbarie” porque la civilización moldeada por el capitalismo no ofrece alternativa humanista posible, sólo en una civilización construida sobre las bases del socialismo es posible un futuro para la humanidad. Por tanto, urge que las múltiples luchas por la emancipación del género, como así también, por la igualdad social, por los derechos democráticos, contra la devastación ecológica, por la autodeterminación y muchas otras confluyan con la meta socialista por la emancipación humana.

* Argentina, GT Crisis y Economía Mundial, co-coordinadora. Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas. Miembro de SEPLA.