TÍO SAM: DOBLEMENTE DERROTADO

COVID-19 y Trump: más ataúdes que en Vietnam
Fuente: mundoobrero.es

James Martín Cypher*

Fiebre de COVID, Fiebre de Oro

Todos deben saber, según la cuenta difundida durante las últimas décadas, que los EE. UU. tienen el “mejor” sistema de salud del mundo.  El Cato Institute (18-11-2009), patrocinado por el libertario multimillonario Charles Koch, dueño de Koch Industries (la empresa privada más grande de los EE.UU.), elogió la innovación medica sin par: “en ciencia básica, diagnósticas y terapéutica —los EE.UU. han contribuido más que cualquier país en el mundo”.  Aún en la plena auge del Covid en 2020, abogaron la derechista Independent Women’s Forum (24-11-2020)  que los norteamericanos pueden deleitarse con el “mejor acceso  al mantenimiento preventivo y cuidado para enfermedades graves”.  Es otra organización financiada por Koch, seguidor de Hayek, Von Mises y Friedman.

No cuesta tanto para ubicar algo similar, si no más envanecido, cuando las fuerzas armadas son discutidas. Dicen que los soldados norteamericanos son los mejores en cuanto al entrenamiento y armas; y —por bonificación— son entrenados para respetar los derechos humanos. Hay una abundancia de declaraciones de este tipo por presidentes norteamericanas en años recientes junto con los “intelectuales de la defensa”  tan abundantes en Washington, D.C.  (J. Lynch https://warontherocks.com/2019/08/ ).

 Hoy en día, entre las fanfarrias y glorificaciones de las fuerzas armadas norteamericana hay grupos poderosos, como la Defense Intelligence Agency, dedicados al hinchamiento del poder militar chino. Estos voceros han provocado una fiebre del oro dando el  pretexto para construir buques y aviones, etc.  Las tecnologías de todo tipo florecen mientras que la nueva US Space Command (2019) está dando la alarma sobre una supuesta carrera armamentista espacial liderada por China.

La derrota por COVID

A pesar de las declaraciones y autocomplacencia de las autoridades públicas y la industria de salud (principalmente los cinco aseguradores gigantes y los sistemas hospitales)  que componen 18% del PIB—lo más alto entre las naciones—los ciudadanos norteamericanos han sufrido los efectos del COVID como si fueran en uno de los países más inermes: Pero entre los 195 naciones del mundo, los EE.UU. ocupa el primer lugar en casos registrado con 41.9 millones hasta el 16 de septiembre de 2021: también es el líder mundial en defunciones con 671,000 (registrando 3,415 muertos este día). El día 17 de septiembre de 2021, el número de los muertos por la falta de disciplina y organización social durante la pandemia rebasó los 671,100 uniformados fallecidos en combate en todas las guerras extranjeras, incluyendo las Guerras Mundiales y la Guerra de Independencia. No obstante, el tamaño del desastre del Covid es desconocido por muchos —ni hablan los ciudadanos ni los medios de comunicación (salvo brevemente en momentos más críticos). Mientras  tanto, la glorificación de “nuestros muchachos en uniforme militar” es cosa de siempre. Pueden y deben exaltar a los soldados porque es tema del militarismo. Pero en la cultura norteamericana el tema de la muerte, las muertes de civiles casi no cuentan.     

Los más adinerados pueden irse en aviones privados para recibir terapia médica avanzada (pagada en efectivo) en suite de cinco estrellas junto a calles comerciales de lujo. Pero, frente a un problema colectivo, en donde la única manera para enfrentar el peligro es el poder organizador del Estado, los EE.UU. han fallado. El servicio de salud es un negocio. En tiempos no pandémicos, visto desde la perspectiva de las necesidades sanitarias cotidianas de la población, este sistema puede apenas cojear, dando un servicio mediocre mientras que los ciudadanos pagan un ojo de la cara.

La economía neoclásica y la realidad

Según la teoría económica neoclásica “la ley del precio único” es lo que reina sobre el mercado. Aunque los hospitales esconden los datos, el New York Times (23-05- 2021, A14) publicó los cargos registrados en dos hospitales: Para realizar una resonancia magnética te cobran entre $262 USD y $4,029. Entre estos extremos estaban cincos precios, dependiendo de la aseguradora y el hospital. Estas variaciones absurdas se registran porque los hospitales cobran lo que el mercado pueda sostener. Aquí, la única “ley” es la de la selva.   Otro ejemplo es la empresa predatoria Emergent que ha ganado contratos jugosos desde el gobierno federal para manufacturar vacunas, incluyendo uno muy grande para COVID. Esta empresa, con su ejército de cabilderos, captó un contrato no-competitivo por $542 millones en 2020 para ser un proveedor con sus tres plantas capacitadas para producir las vacunas. Nunca produjo una sola vacuna utilizable, pero recibió la plata. Para colmo, esta empresa desechó 75 millones de vacunas contra COVID, dado que su planta estaba insalubre (New York Times, 17-06-2021, A1).

El lema del equipo del presidente Trump era salvar el capital no la vida, adoptando tácticas propagandísticas de guerra  (no hay pandemia… es mito mediático, etc.).  Resultó que la mayoría de los ciudadanos han rechazado una parte u otra de las medidas paliativas recomendadas. Muchos ciudadanos han declarado que tales medidas son restricciones sobre la “libertad personal” y/o “derechos constitucionales”. Así, en la última semana de agosto la porción de las personas no vacunadas fue 49%, aun cuando la medicina estaba disponible por todos lados, sin costo. 

La derrota en la guerra contra el terrorismo

Aunque Estados Unidos ha sido el poder militar hegemónico desde 1945, su estrategia está basada en “la defensa adelantada” y “la proyección del poder”. Hay bases militares en 70 países, con tropas desplegadas en 150 países, mientras que “los estrategas” han ignorado el territorio nacional.  Resultó que cuando llegó el parteaguas de 11 de septiembre en 2001 no hicieron nada los militares cuando un grupito secuestró aviones y los llevaron a Nueva York y al mismo Pentágono. Es decir, no hubo una intercepción de los aviones civiles por los F-15 militares supuestamente en extremo estado de alerta, aun cuando pasó casi una hora entre el ataque en Nueva York y el Pentágono. El Aerospace Defense Command  (NORAD) no estuvo preparado para resguardar “a la única superpotencia del mundo”–ni tenía activado y equipado el Pentágono sus sistemas de misiles de tierra-aire ya colocados para derribar una aeronave civil lenta, cuando precisaron 8 segundos para el lanzamiento.  El problema fue la falta de imaginación yanqui, puesta en exhibición tan gráficamente en 2001 e igualmente frente el Covid-19.  En 2001, la arrogancia del poder dejó ciego al “Estado de Seguridad Nacional” —mientras que la glorificación del mercado y la demonización neoliberal de los bienes comunes dejó a los EE.UU. con una estructura de salud pública débil e incoherente frente la pandemia.  En ambos casos el asunto fue el fracaso en  la “defensa” de la población—supuestamente lo que es el primero responsabilidad de un estado nacional.

El “Modelo Afgano” fracasado

Hicieron la invasión de Afganistán por venganza, sin la menor capacidad necesaria para montar una campaña militar correspondiente. Dado que los involucrados en el ataque “9/11” no fueron más que una pandilla (con apoyadores mayormente en Arabia Saudita), “la proyección del poder” en forma planeada —medida por la Fuerza de Despliegue Rápido— nunca se alcanzó: inventaron en el Pentágono el “Modelo Afgano”, combinando su fuerza área y Fuerzas Especiales con un ejército guerrillero compuesto por grupos étnicos y elementos dispares bajo el control de «Señores de la Guerra».  Pero, el “Modelo Afgano”, designado para evitar bajas en las Fuerzas Armadas norteamericanas, falló cuando los líderes de Al Queda fueron rodeados en diciembre 2001 en la batalla de Tora Bora—un lugar defendible. Dado los límites de las fuerzas afganas, la única manera de ganar fue insertar masivamente soldados de a pie estadounidenses en la lucha armada en las montañas y sufrir muchas bajas —cosa negada por Washington en aquel entonces y después (Krause, 2008, Security Studies  17: 644—684).  El llamado “Síndrome de Vietnam” —el rechazo del pueblo a morir en las aventuras sin propósito del Tío Sam— hizo imposible el sacrificio de sus soldados en el momento más crítico para el plan de conquista neocolonial. 

20 años de “Intervención Humanitaria”

Perdiendo esta oportunidad de ganar y salir, por 20 años fue más de lo mismo: Bombardeos inútiles por los B-52, misiles “de precisión milimétrica” ineficaces, etc. Gastaron $2.3 billones en gran medida para sobornar a líderes étnicos y crear una tecno burocracia en Kabul, con las ONG recibiendo fortunas. Sobre todo, las contratistas armamentistas del Pentágono metieron la mano en el bolsillo del Tío Sam.  

Efectos de la intervención norteamericana de 20 años en Estados Unidos: tasa de pobreza, 50% (2020);  grado de analfabetismo, 57% (2020); primer lugar en mortalidad infantil (2021); ingreso por persona 569 dólares (2018); gastos militares, 28% del PIB (2019); población rural sin tierra, 88% (2015); empleo informal, 80-90% (2018);  ingreso nacional del diez por ciento más alto, 43% (2019).

*Estados Unidos, GT Crisis y Economía Mundial, Profesor-investigador emérito, Doctorado en Estudios del Desarrollo, Universidad de Zacatecas, México.